Revista Literaria de la Fundación Andrés Mariño Palacio, que tiene como objetivo la difusión de la literatura regional y universal.

Poesía Femenina

Poesía Femenina
Libreria del Sur. 20/03/2009. 6 PM

miércoles, 9 de abril de 2008

SEMINARIO: “PANORAMA DE LA NARRATIVA CORTA MUNDIAL EN EL SIGLO XX”


SEMINARIO
“PANORAMA DE LA NARRATIVA CORTA MUNDIAL EN EL SIGLO XX”
Primera Etapa: Narrativa Corta en Latinoamérica:

- Norte-América: México
- Centro-América (Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá)
- Caribe Hispano (Cuba, Puerto Rico, República Dominicana)
- Sur-América (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú, Uruguay)

Segunda Etapa: Narrativa Corta en Europa:

- España: en sus expresiones: Castellana, Catalana, Gallega
- Alemania, Austria, Suiza
- Francia, Bélgica
- Gran Bretaña, Escocia, Irlanda
- Italia
- Portugal
- Rusia, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas
- Europa Centro-Oriental
- Europa Escandinava

Tercera Etapa: Narrativa Corta en Estados Unidos de Norteamérica (USA)

Cuarta Etapa: Narrativa Corta en Asia, África y Oceanía:

- Asia: China, India, Israel, Japón, Líbano, entre otros países
- África: Egipto, Kenia, Senegal, entre otros países
- Oceanía: Nueva Zelanda, entre otros países

Quinta Etapa: Narrativa Corta en Venezuela, con especial referencia al Zulia

Investigación y Docencia: Luis Guillermo Hernández
Carácter: Gratuito. Cupo: 35 personas. Inscripciones: Abiertas
Fecha: Todos los Jueves, desde el 3 de abril hasta el 31 de julio de 2008 en la Primera Etapa. Las otras Etapas se han planificado para los meses de Septiembre-Diciembre de 2008 y Enero-Julio de 2009. Horario: 6 – 8 p.m.
Lugar: Galería de Artes Visuales “Emerio Darío Lunar” (Casa de Udón Pérez), Calle Carabobo o Calle de la Tradición, Maracaibo
Certificado de Asistencia: En cada Etapa del Seminario, con 80% de la presencia activa

INSCRÍBETE YA Y PARTICIPA: NO PIERDAS ESTA OPORTUNIDAD ÚNICA DE CONOCER A LOS CUENTISTAS DEL MUNDO DURANTE EL SIGLO XX
CORREO ELECTRÓNICO: abigailpulgar@gmail.com
TELÉFONOS: 0416-564-1110 0261-7140505

martes, 8 de abril de 2008

Poesía - Julio Jiménez

Poesía
Julio Jiménez

Todos los arquetipos de bohemios que en algún momento nos hemos detenido en la calle Carabobo a susurrarle a una botella nuestras penas o a celebrar con ella el privilegio de la existencia, seguramente nos hemos topado con el poeta de la costa oriental, con ese aventurero de la palabra nativo de un pueblo que fue concebido al borde de un incendio y le pusieron nombre de ciudad. Julio Jiménez, el eterno labriego de la poesía, el caballero que le prohíbe a su amada fumar en la cama y ése mismo que esmera en la creación de imágenes fulgurantes con el objetivo principal de transformar al lector, de envenenarlo con la ausencia. De la mano del editor Víctor Bravo, nació una nueva costilla de Julio Jiménez, titulada sencillamente Poesía, presenta una recopilación de textos de dos de sus libros (Peticiones Osadas y Contraveneno de la Ausencia), además de 20 poemas inéditos, con un maravilloso prologo de poeta José Gregorio Vílchez. A lo largo de esta obra nos encontramos las variadas dedicatorias (entre ellas: A Xiomara Rivas, Maria Eugenio Fuenmayor, Adelfa Giovanni, Milagros Matos San Juan, Esther María Osses, María E. Bravo, Pamela Andersen, Ingrid Araujo y pare de contar). Leer a Julio Jiménez es pasearse por el rememorar del poeta, hablar de frente con las mujer buchón y detenerse frente a cama incendiada donde Julito (como le dicen sus amigas) espera a que lleguen las musas entre etilismos y alegrias.
Luis Perozo Cervantes

OCTAVIO PAZ

SELECCIÓN DE POEMAS DE OCTAVIO PAZ


CREPÚSCULOS DE LA CIUDAD

A Rafael Vega Albela,
que aquí padeció

I
Devora el sol restos ya inciertos;
el cielo roto, hendido, es una fosa;
la luz se atarda en la pared ruinosa;
polvo y salitre soplan sus desiertos.

Se yerguen más los fresnos, más despiertos,
y anochecen la plaza silenciosa,
tan a ciegas palpada y tan esposa
como herida de bordes siempre abiertos.

Calles en que la nada desemboca,
calles sin fin andadas, desvarío
sin fin del pensamiento desvelado.

Todo lo que me nombra o que me evoca
yace, ciudad, en ti, yace vacío,
en tu pecho de piedra sepultado.

AQUÍ
Mis pasos en esta calle
Resuenan
en otra calle
donde
oigo mis pasos
pasar en esta calle
donde
Sólo es real la niebla.

LA CARA Y EL VIENTO

Bajo un sol inflexible
llanos ocres, colinas leonadas.
Trepé por un breñal una cuesta de cabras
hacia un lugar de escombros:
pilastras desgajadas, dioses decapitados.
A veces, centelleos subrepticios:
una culebra, alguna lagartija.
Agazapados en las piedras,
color de tinta ponzoñosa,
pueblos de bichos quebradizos.
Un patio circular, un muro hendido.
Agarrada a la tierra —nudo ciego,
árbol todo raíces— la higuera religiosa.
Lluvia de luz. Un bulto gris: el Buda.
Una masa borrosa sus facciones,
por las escarpaduras de su cara
subían y bajaban las hormigas.
Intacta todavía,
todavía sonrisa, la sonrisa:
golfo de claridad pacífica.
Y fui por un instante diáfano
viento que se detiene,
gira sobre sí mismo y se disipa.
EL CÁNTARO ROTO

La mirada interior se despliega y un mundo de vértigo y llama nace bajo la frente del que sueña:
soles azules, verdes remolinos, picos de luz que abren astros como granadas,
tornasol solitario, ojo de oro girando en el centro de una explanada calcinada,
bosques de cristal de sonido, bosques de ecos y respuestas y ondas, diálogo de transparencias,
¡viento, galope de agua entre los muros interminables de una garganta de azabache,
caballo, cometa, cohete que se clava justo en el corazón de la noche, plumas, surtidores,
plumas, súbito florecer de las antorchas, velas, alas, invasión de lo blanco, pájaros de las islas cantando bajo la frente del que sueña!

Abrí los ojos, los alcé hasta el cielo y vi cómo la noche se cubría de estrellas.
¡Islas vivas, brazaletes de islas llameantes, piedras ardiendo, respirando, racimos de piedras vivas,
cuánta fuente, qué claridades, qué cabelleras sobre una espalda oscura, cuánto río allá arriba, y ese sonar remoto de agua junto al fuego, de luz contra la sombra!
Harpas, jardines de harpas.

Pero a mi lado no había nadie.
Sólo el llano: cactus, huizaches, piedras enormes que estallan bajo el sol. No cantaba el grillo,
había un vago olor a cal y semillas quemadas, las calles del poblado eran arroyos secos y el aire se habría roto en mil pedazos si alguien hubiese gritado: ¿quién vive?
Cerros pelados, volcán frío, piedra y jadeo bajo tanto esplendor, sequía, sabor de polvo,
rumor de pies descalzos sobre el polvo, ¡y el pirú en medio del llano como un surtidor petrificado!

Dime, sequía, dime, tierra quemada, tierra de huesos remolidos, dime, luna agónica,
¿no hay agua,
hay sólo sangre, sólo hay polvo, sólo pisadas de pies desnudos sobre la espina,
sólo andrajos y comida de insectos y sopor bajo el mediodía impío como un cacique de oro?
¿No hay relinchos de caballos a la orilla del río, entre las grandes piedras redondas y relucientes,
en el remanso, bajo la luz verde de las hojas y los gritos de los hombres y las mujeres bahándose al alba?
El dios-maíz, el dios-flor, el dios-agua, el dios-sangre, la Virgen, ¿todos se han muerto, se han ido, cántaros rotos al borde de la fuente cegada?
¿Sólo está vivo el sapo,
sólo reluce y brilla en la noche de México el sapo verduzco,
sólo el cacique gordo de Cempoala es inmortal?

Tendido al pie del divino árbol de jade regado con sangre, mientras dos esclavos jóvenes lo abanican,
en los días de las grandes procesiones al frente del pueblo, apoyado en la cruz: arma y bastón,
en traje de batalla, el esculpido rostro de silex aspirando como un incienso precioso el humo de los fusilamientos,
los fines de semana en su casa blindada junto al mar, al lado de su querida cubierta de joyas de gas neón,
¿sólo el sapo es inmortal?

He aquí a la rabia verde y fría y a su cola de navajas y vidrio cortado,
he aqui al perro y a su aullido sarnoso,
al maguey taciturno, al nopal y al candelabro erizados, he aquí a la flor que sangra y hace sangrar,
la flor de inexorable y tajante geometría como un delicado instrumento de tortura,
he aquí a la noche de dientes largos y mirada filosa, la noche que desuella con un pedernal invisible,
oye a los dientes chocar uno contra otro,
oye a los huesos machacando a los huesos,
al tambor de piel humana golpeado por el fémur,
al tambor del pecho golpeado por el talón rabioso,
al tam-tam de los tímpanos golpeados por el sol delirante,
he aqui al polvo que se levanta como un rey amarillo y todo lo descuaja y danza solitario y se derrumba
como un árbol al que de pronto se le han secado las raíces, como una torre que cae de un solo tajo,
he aquí al hombre que cae y se levanta y come polvo y se arrastra,
al insecto humano que perfora la piedra y perfora los siglos y carcome la luz,
he aquí a la piedra rota, al hombre roto, a la luz rota.

¿Abrir los ojos o cerrarlos, todo es igual?
Castillos interiores que incendia el pensamiento porque otro más puro se levante, sólo fulgor y llama,
semilla de la imagen que crece hasta ser árbol y hace estallar el cráneo, palabra que busca unos labios que la digan,
sobre la antigua fuente humana cayeron grandes piedras,
hay siglos de piedras, años de losas, minutos espesores sobre la fuente humana.

Dime, sequía, piedra pulida por el tiempo sin dientes, por el hambre sin dientes,
polvo molido por dientes que son siglos, por siglos que son hambres, dime, cántaro roto caído en el polvo, dime,
¿la luz nace frotando hueso contra hueso, hombre contra hombre, hambre contra hambre,
hasta que surja al fin la chispa, el grito, la palabra,
hasta que brote al fin el agua y crezca el árbol de anchas hojas de turquesa?

Hay que dormir con los ojos abiertos, hay que soñar con las manos,
soñemos sueños activos de río buscando su cauce, sueños de sol soñando sus mundos,
hay que soñar en voz alta, hay que cantar hasta que el canto eche raíces, tronco, ramas, pájaros, astros,
cantar hasta que el sueño engendre y brote del costado del dormido la espiga roja de la resurrección,
el agua de la mujer, el manantial para beber y mirarse y reconocerse y recobrarse,
el manantial para saberse hombre, el agua que habla a solas en la noche y nos llama con nuestro nombre,
el manantial de las palabras para decir yo, tú, él, nosotros, bajo el gran árbol viviente estatua de la lluvia,
para decir los pronombres hermosos y reconocernos y ser fieles a nuestros nombres
hay que soñar hacia atrás, hacia la fuente, hay que remar siglos arriba,
más allá de la infancia, más allá del comienzo, más allá de las aguas del bautismo,
echar abajo las paredes entre el hombre y el hombre, juntar de nuevo lo que fue separado,
vida y muerte no son mundos contrarios, somos un solo tallo con dos flores gemelas,
hay que desenterrar la palabra perdida, soñar hacia dentro y también hacia afuera,
descifrar el tatuaje de la noche y mirar cara a cara al mediodía y arrancarle su máscara,
bañarse en luz solar y comer los frutos nocturnos, deletrear la escritura del astro y la del río,
recordar lo que dicen la sangre y la marea, la tierra y el cuerpo, volver al punto de partida,
ni adentro ni afuera, ni arriba ni abajo, al cruce de caminos, adonde empiezan los caminos,
porque la luz canta con un rumor de agua, con un rumor de follaje canta el agua
y el alba está cargada de frutos, el día y la noche reconciliados fluyen como un río manso,
el día y la noche se acarician largamente como un hombre y una mujer enamorados,
como un solo río interminable bajo arcos de siglos fluyen las estaciones y los hombres,
hacia allá, al centro vivo del origen, más allá de fin y comienzo.

Octavio Paz (1914-1998), poeta y ensayista mexicano galardonado con el Premio Nobel de Literatura, considerado “el más grande pensador y poeta de México”.

Nacido en Mixcoac, ciudad de México, pasó su niñez en la biblioteca de su abuelo, Ireneo Paz. A los 17 años publicó su primer poema “Cabellera” y fundó la revista Barandal, con la que inició su actividad relacionada con la creación y difusión de revistas literarias. En 1933 apareció su primer poemario Luna silvestre y fundó la revista Cuadernos del Valle de México. En 1937 se trasladó a Yucatán como profesor rural y poco después se casó con la escritora Elena Garro, con quien asistió ese mismo año al Congreso de Escritores Antifascistas celebrado en Valencia (España). En esta última ciudad publicó Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España (1937) y entró en contacto con los intelectuales de la II República y con el poeta chileno Pablo Neruda.

Ya de regreso a México se acercó a Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia y publicó ¡No pasarán! y Raíz del hombre. Con Efraín Huerta y Rafael Solana, entre otros, fundó la revista Taller en 1938, en la que participaron los escritores españoles de su generación exiliados en México. Un año después publicó A la orilla del mundo y Noche de resurrecciones. En 1942, a instancias de José Bergamín, dio la conferencia titulada “Poesía de soledad, poesía de comunión”, en la que estableció sus diferencias con la generación anterior y trató de conciliar en una sola voz las poéticas de Villaurrutia y Neruda.

En 1944, gracias a una beca Guggenheim, pasó un año en Estados Unidos, donde descubrió la poesía de lengua inglesa. En 1946 se incorporó al Servicio Exterior Mexicano y fue enviado a París. A través del poeta surrealista Benjamin Péret conoció a André Breton y entabló amistad con Albert Camus y otros intelectuales europeos e hispanoamericanos del París de la posguerra. Esta estancia definirá con precisión sus posiciones culturales y políticas: cada vez más alejado del marxismo, se fue acercando al surrealismo y empezó a interesarse por otros temas.

Durante la década de 1950 publicó cuatro obras fundamentales: Libertad bajo palabra (1949), que incluye el primero de sus poemas largos, “Piedra de sol”, una de las grandes composiciones de la modernidad hispanoamericana; El laberinto de la soledad (1950), ensayo que retrata de forma muy personal la sociedad y la idiosincrasia del pueblo mexicano; ¿Águila o sol? (1951), de influencia surrealista, y El arco y la lira (1956), su esfuerzo más riguroso por elaborar una poética. En 1951 viajó a la India y en 1952 a Japón, países que influirán de forma decisiva en su obra. Un año después regresó a México, donde hasta 1959 desarrolló una intensa labor literaria. En 1956 le fue concedido el Premio Xavier Villaurrutia.

En 1960 volvió a Francia y en 1962 a la India como embajador de su país. Conoció a Marie-Jose Tramini, con quien contrajo matrimonio en 1964. Publicó los libros de poemas Salamandra (1961) y Ladera Este (1962), que recoge su producción de la India y que incluye su segundo poema largo “Blanco”. En 1963 obtuvo el Gran Premio Internacional de Poesía. Publicó el ensayo Cuadrivio (1965), escritos sobre poesía dedicados al español Luis Cernuda, al portugués Fernando Pessoa, al mexicano Ramón López Velarde y al nicaragüense Rubén Darío. Más tarde verían la luz Puertas al campo (1966) y Corriente alterna (1967), en los que muestra el crisol de sus intereses: la poesía experimental, la antropología, Japón y la India, el arte de Mesoamérica, la política y el Estado contemporáneos. En 1968 renunció al cargo de embajador en la India a raíz de los sucesos de Tlatelolco y en 1971 fundó en México la revista Plural, en la que colaboraron algunos de los escritores más importantes de la generación posterior a él.

Ese mismo año publicó El mono gramático, poema en prosa en el que funde reflexiones filosóficas, poéticas y amorosas; en 1974 Los hijos del limo, recapitulación de la poesía moderna, y en 1975, Pasado en claro, otro de sus largos poemas, que fue recogido al año siguiente en Vuelta, obra con la que obtuvo el Premio de la Crítica en Barcelona, España.
En 1977 Octavio Paz abandonó Plural e inició Vuelta, revista literaria que dirigió hasta el final de su vida y que fue cerrada unos meses después de su muerte. Continuó con sus reflexiones políticas en su obra El ogro filantrópico (1979) y en 1981 obtuvo el Premio Cervantes. En 1982 se editó Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, retrato de sor Juana y la sociedad mexicana del siglo XVII; en 1987, Árbol adentro, último volumen de poesía. En 1990 se le concedió el Premio Nobel de Literatura y publicó La otra voz y Poesía de fin de siglo, que recoge sus últimas reflexiones sobre el fenómeno poético. En 1993, La llama doble: amor y erotismo, y en 1995, Vislumbres de la India.

De una personalidad exigente y exigida, su escritura ha sabido recoger distintas tradiciones e hilar los más variados intereses en una sola voz y una herencia plural. Además de sus poemas, ha buscado en otras áreas de la cultura coincidencias y cercanías que alimenten su obra y abran espacios para la comprensión del mundo. Si su poesía viaja del vacío del yo a la plenitud del mundo y el amor, sus ensayos son un mosaico de reflexiones puntuales sobre los aspectos más diversos de nuestra época. Su muerte, acaecida el 19 de abril de 1998 tras una larga enfermedad, supuso la pérdida del poeta mexicano por excelencia.

KONSTANTINOS KAVAFIS

SELECCIÓN DE POEMAS DE KONSTANTINOS KAVAFIS
La ciudad

Dices: "Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
Y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo los ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí".

No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre.
Volverása las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques -no la hay-
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdistela has destruido en toda la tierra.


ÍTACA
Cuando te encuentres de camino a Ítaca,
desea que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al enojado Poseidón no temas,
tales en tu camino nunca encontrarás,
si mantienes tu pensamiento elevado, y selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo tienta.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al fiero Poseidón no encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu alma no los coloca ante ti.

Desea que sea largo el camino.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con qué alegría, con qué gozo
arribes a puertos nunca antes vistos,
deténte en los emporios fenicios,
y adquiere mercancías preciosas,
nácares y corales, ámbar y ébano,
y perfumes sensuales de todo tipo,
cuántos más perfumes sensuales puedas,
ve a ciudades de Egipto, a muchas,
aprende y aprende de los instruidos.

Ten siempre en tu mente a Ítaca.
La llegada allí es tu destino.
Pero no apresures tu viaje en absoluto.
Mejor que dure muchos años,
y ya anciano recales en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que te dé riquezas Ítaca.

Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene más que darte.

Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.
Así sabio como te hiciste, con tanta experiencia,
comprenderás ya qué significan las Ítacas.


Vuelve

Vuelve a menudo y tómame,
amada sensación, vuelve y tómame
cuando despierta del cuerpo la memoria,
y un antiguo deseo atraviesa la sangre,
cuando los labios y la piel recuerdan,
y sienten las manos que acarician de nuevo.
Vuelve a menudo y tómame en la noche,
cuando los labios y la piel recuerdan...
Konstantinos Petrou Kavafis (1863-1933), poeta griego, una figura fundamental de la literatura griega del siglo XX. Nació en Alejandría (Egipto), donde pasó la mayor parte de su vida. Autocrítico implacable, muchas veces afectado por su propia heterodoxia, Cavafis publicó poco durante su vida. Rechazaba los valores tradicionales del cristianismo, la ética heterosexual, el nacionalismo y el patriotismo. Cavafis creó un estilo personal, algo solemne y arcaico, mezclado con el griego de su época. En sus versos se integran la historia helenística y bizantina con asuntos contemporáneos, como ocurre en dos de sus poemas más conocidos, 'El dios abandona a Antonio' e 'Ítaca', escritos en 1911.
La obra de Cavafis empezó a conocerse fuera de Grecia a través de las referencias del estudio de E. M. Forster sobre Alejandría, Alejandría: Historia y guía (1923). Desde 1930 su influencia fue importante no sólo en los jóvenes griegos, sino también en escritores extranjeros, y a partir de esta época los escritos críticos sobre su obra se multiplican. Un nuevo empuje de la obra de Cavafis tuvo lugar con la publicación del Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell (1957-1960). En el centenario de su nacimiento, 1957, se publicaron traducciones de sus obras en casi toda Europa.

PIMIENTA

Pimienta
Autor: Naguib Mahfuz
(Premio Nobel Egipcio)
En el café “La Felicidad” hay muchas cosas interesantes. Una de ellas, Pimienta, un chico de doce años o poco más. Su verdadero nombre es Taha Sanqar, pero se le conoce por Pimienta. Está en el café desde las primeras horas de la mañana hasta la noche, para acercar la candela a los que quieren fumar un narguilé.
Ya se sabe que los motes no son injustificados, pero éste está especialmente bien puesto: el muchacho es vivo, ágil, acude como una avispa antes de que el cliente haya acabado de llamarlo. No para en todo el tiempo de moverse ni de hablar.
Trabaja allí desde hace un año por una piastra al día, además de su narguilé, y una taza de té por la mañana y otra después de la comida. Con esto está más que satisfecho. Se siente orgulloso cada vez que piensa que se gana el sustento y puede disponer de una piastra; así que, como él dice: “Yo, feliz y contento”.
No por eso cree que está todo hecho. Su meta inmediata está en el día en que el patrón lo autorice a llenar y servir los narguilés, trabajo que supone el ascenso de “chico” a “mozo”... después... ¡Quién puede predecir adónde llegará!
Consecuente con su ambición, ejercita sin parar sus cuerdas vocales, voceando las consumiciones. Y es que en un café popular una buena garganta es tan importante como en una academia de canto.
Una de las cosas que más le gustan a Pimienta del café “La Felicidad” es la tertulia de estudiantes que se reúne allí las tardes de los días de fiesta y en vacaciones. Se acomodan en un rincón. Charlan. Juegan al chaquete. Beben té y jengibre. Son gentes del pueblo, pobres, igual que los demás clientes, pero los estudios se les han subido a la cabeza; se sienten superiores y mantienen las distancias. Han dejado de vestir el yillab, aunque alguno siga llevando calzado de madera.
Se reúnen a pasar el rato. Mientras sorben su té o su jengibre, uno cualquiera de ellos lee en alto un periódico vespertino. Los otros lo escuchan. A continuación se lanzan a comentarlo y discutirlo larga y apasionadamente.
Una tarde Pimienta entendió por primera vez lo que decían, y se llevó una gran alegría. Acababan de leer, entre otras cosas, la noticia del juicio incoado contra un alto funcionario acusado de corrupción.
Automáticamente se encendieron los comentarlos...
-¡Este ha caído en manos de la ley por casualidad! ¡Hay otros muchos que deberían estar en la cárcel, pero la justicia hace la vista gorda!
...y fueron haciéndose más directos y menos contenidos:
-El mal no está sólo en los funcionarios; hay otros... ya me entienden, peores y todavía más canallas. ¡En este país, si estuviera bien equilibrada la balanza de la Justicia, estarían llenas las cárceles y vacíos los palacios!
Rivalizaban en sacar a relucir nombres, en despellejarlos y en rebozarlos por el lodo, con voces alteradas, fuera de sí:
-Fíjense en Fulano, sin ir más lejos... ¿saben cómo ha amasado su inmensa fortuna?... (y acto seguido enumeraban los atropellos y los robos con que había conseguido hacer dinero. Se daban tantos detalles que parecía estar contándolo el propio secretario o administrador del interesado).
No dejaron de hacer la disección de ningún personaje importante. Las vidas se interpretaban a gusto del consumidor. Se barajaban defectos. La frase que servía de trampolín era:
-¿Y saben cómo ha amasado su fortuna Fulano?...
Todo lo demás salía después.
Uno de ellos concluyó, furibundo:
-¡En este país el robo está permitido!
Pimienta entendió la frase sin dificultad, aunque había sido dicha en lengua culta. Le gustó. Una pasión enterrada revivió en su interior: ¡Qué bien suena eso de que éste es un país de ladrones! ¡Caramba, de modo que el robo está permitido aquí! Pimienta... lleva lo de robar en la sangre; ha sido criado a pechos del robo. Es a lo que está acostumbrado desde la cuna: su madre, que trabaja como vendedora de manzanas, se dedica en los ratos libres a “encontrar” alguna que otra gallina “perdida”, y su padre, el tío Sanqar, vendedor ambulante de cacahuetes, es muy aficionado a llevarse la ropa tendida en los patios, y tiene una habilidad especial para escurrir el bulto. A pesar de todas estas “ayudas”, la familia no prospera.
Aquella noche tuvo un final desagradable para Pimienta. Cuando volvió a su casa, mejor dicho a la habitación donde vivían todos, encontró a su madre levantada todavía, preocupada y desconsolada, rodeada de sus hijas, llorosas. El chico se asustó al encontrarse con aquello. Antes de darle tiempo a preguntar, su madre le explicó: “Un policía se ha llevado a tu padre”. Pimienta comprendió la situación. Se acercó a su hermana mayor, y ésta le dijo algo más: que lo habían denunciado por robar unas camisas y unos calzones, y que se lo habían llevado a la comisaría. Después de un momento de silencio añadió que, por lo menos, tenía cárcel para unos cuantos meses, o quizá años.
Pimienta no veía a su padre casi nunca: por la noche ya estaba dormido cuando éste volvía de sus vagabundeos, y por la mañana salía para el café antes de que su padre se hubiese levantado. A pesar de esto, contagiado por el ambiente, se puso triste y lloró.
De pronto recordó lo que había oído por la tarde y se acercó a contárselo a su madre:... que el país estaba lleno de ladrones, y que el robo era legal... La mujer no estaba para fantasías; lo apartó, le chilló agriamente que se callara, y acabó pegándole una bofetada.
Al despertar a la mañana siguiente, Pimienta había olvidado el día anterior; como si hubiese nacido de nuevo. Se fue para el café, con su paso rápido, sin distraerse.
No era la primera vez que metían a su padre en la cárcel.
FIN

Unas crinejas y dos lazos rojos

Unas crinejas y dos lazos rojos

Jorge García Tamayo

Sentirás la sangre tibia en tu espalda y verás como se impregnan tus manos. Comprenderás que el asiento se te está transformando en un charco bermejo. Será entonces cuando concienciarás que tiene que haber sido tu arteria intercostal, la de la última costilla, la flotante. Fue allí donde sentiste el golpe, un toque suave, entre el gentío, al entrar al vagón, y casi ni percibes la herida que tiene que existir, pero no obstante sabrás que ha de ser una arteria intercostal, rasgada, y que ella misma se ha vuelto un tibio grifo abierto. Es como un río que fluye y se chorrea por tu costado derecho, y te calienta, y te mancha de rojo, que cubrirá tu espalda, tus nalgas y tus manos, las que te mirarás sin querer comprender que será lo que está sucediendo. Entonces, pensaste en la negrita de las crinejas, allá en el suelo, sin llorar pero mirándote, con sus ojos muy grandes y sus dos lazos rojos en el pelo. Demasiado rápido. Todo lo acontecido había sido sorpresivo, casi instantáneo e incomprensible. Sentirás que te ahogas mientras intenso, el dolor se concentra y se aprieta dentro de tu pecho. Comprenderás ya sin remedio, que todo se produce por el colapso de tu pulmón derecho. En la seguridad de que es una estocada lo que ha venido provocando todo aquello, preferirás creer que nada de cuanto ocurre es cierto, pues nunca pensaste que esta situación pudiese darse, es decir, en el primer momento... “Me empujaron”. Eso fue lo que imaginaste al momento de entrar, un leve golpe y ante la puerta, entre el gentío casi caíste sentado en el asiento, con tu morral encima.


Fue allí mismo cuando percibiste el calorcito que comenzó a inundarte por la espalda y las nalgas, por casi todo el cuerpo te fue mojando y pronto comenzó a empegostarte de bermellón. En ese instante, observaste tus manos rojas por la sangre. Son estos los concretos hechos que te obligan de momento a examinar tu situación. La pleura estará rota. Se ha producido un neumotórax. Eso ya lo sabes y estarás consciente de que tibiamente, te desangras a borbotones por tu costado derecho. Comenzarás a temer que quizá no llegues a la próxima estación del Metro. Notarás como la gente que antes te rodeaba, se va apartando y ahora te hace un cerco. Algunos gritan, les ves sus rostros, demudados, ansiosos, y entonces volverás a recordar a la niña en el suelo. La negrita con sus crinejas y sus dos lazos rojos, la cara sucia, no lloraba, estaba allí sentada, y tú, casi te vas de bruces al tropezar con ella. Pero sucede que estarás en el vagón del Metro y ya quizá ha quedado lejos la estación de “Gato Negro”.


Aceptarás que te sientes muy mal, que estás disneico, que vas empeorando, y en ese instante, pensarás que ya casi nada ni nadie te salvará. Lo sabes, no habrá remedio... Escucharás nuevamente dentro de tu cabeza los alaridos de la madre,”¡desgraciado, maldito!”, y te repites para ti mismo, tal vez en un intento por tranquilizarte, que fue ella, fue su propia madre quien la dejó en el suelo. Te lo dices y de nuevo la escuchas, “perro maldito, casi me la matas, ¿cómo que eres ciego?” Sucedió todo así, de lo más rápido, seguramente porque tú estabas muy cansado, estabas medio ido cuando comprabas el boleto, te habías puesto el morral sobre tu pecho, por delante, y tal vez esa decisión te impidió ver a la niña en el suelo. Te fue imposible detectarla. Estaba la negrita acurrucada allí a tus pies, y tú estuviste a punto de pisarla. Eso fue todo. Sufriste un tropezón con ella, en el momento imaginaste un bulto, una caja, un maletín, ¿quién sabe que pensaste? Dando traspiés, brincando como loco, casi cayéndote, mientras ella, ni lloriqueó, tan solo sorprendida por el golpe de tus zapatos, te miraba allá lejos, desde el suelo. Allí quedó sentada, con sus ojos muy grandes brillando en la carita sucia, con sus crinejas y los dos lazos rojos. Te fuiste de narices dando tumbos, puede que fuese el peso del morral, eso pensaste de momento y sin caerte, sobreponiéndote lograste equilibrar tu cuerpo. Echaste a un lado tu morral y llegaste con una mano a sostenerte en el suelo y desde allí la viste, ella seguramente sorprendida te miraba, allí sentada, sin llorar pero el rugido de los usuarios en la línea de los boletos se hizo ensordecedor. “Maldito, desgraciado”, “por lo menos excúsate”, “so perro”, “escuálido maldito”, las voces se sumaban a los agudos alaridos de la madre, “¿no ves por donde vas?, coñoetumadre”, y volteaba pidiendo apoyo a una turba que se arremolinaba rompiendo el orden de la fila. “¡Haz algo chico!”, “¡hey, desgraciado!”... Tu corazón se aceleró dentro del pecho. Estabas tan cansado, que te dio rabia la situación. Todo cuanto ocurría era tan absurdo que te dijiste sin más miramientos. “¡Váyanse todos bien largo al carajo!”, y por eso, pues nada más te diste media vuelta. “¡Excúsate maldito”, retumbó un vozarrón desde la fila. Al ya cruzar la valla, aceleraste el paso y decidiste descender al andén.


Mientras bajabas por las escaleras consideraste una excusa tal vez salvadora. “Es que vengo demasiado cansado, ya no doy más, y no la vi, eso fue todo, ni la vi y era que allá en el suelo a mis pies, ¿cómo iba a verla?... ¡Caray, es que cuando llegan vienen todas juntas!, las cosas malas, digo...” Lo pensaste y regresó a tu mente la interminable noche de la pasada guardia, otra vez te tocó de primer ayudante y cuan brillante era tu colega Antulio, el mejor neurocirujano de la ciudad, sin duda alguna, y, además, lo salvamos. En un segundo dentro de tu cabeza, reviviste las horas de tensión, allá, de pie, en el quirófano. Tal vez reconfortándote, recordaste como operaban una herida de bala en la cabeza. Pensaste que habían sido unos malandros... Así es el oeste de esta ciudad, todos se matan entre ellos, un disparate sin sentido, no hay Dios ni ley, solo nosotros que intentamos curarlos. Esta es la capital, ¡que vida! “La sucursal del cielo” le decían en tu tierra, cuando viniste desde tu pueblo, desde las tierras llanas, en La Pascua, a terminar con el bachillerato, a estudiar y estudiar, y al final te graduaste de médico, y aspiras emular al gran Antulio... Llegaré a ser un neurocirujano. Repasaste los hechos, y quizá para exculpar tu tropezón con la negrita, recordaste como tintineó el plomo contra el metal dela bandeja... Le sacamos la bala. Lo hicimos, te lo repetirás al recordar cuando sentiste el suspiro de alivio de la instrumentista... La Petrica, que está más buena que comerse un pollito con las manos...


¡Que estupidez pensar en eso en estas circunstancias! Es cierto. Te lo dirás al regresar a aquel momento cuando volteaste para mirar hacia la boca del túnel por donde estaba apareciendo el tren. Si algo me consta, si algo sé, es que salvamos al malandro. Piensas que lo dejaste estable. El increíble Antulio, tu maestro te iba luego a decir... “¿Y que tal si vuelven los que le dieron el pepazo?, esos caifanes puede que lo masacren, que se lo echen al pico durante el postoperatorio”... Deben ponerle vigilancia, eso fue todo cuanto pensaste, mas sabías que no contaban con agentes del orden, ni Dios ni ley ni Santa María, pero te dio por recordar que estaba estable, buenos signos vitales, lo chequeaste antes de salir con tu morral a cuestas... Fue allí mismito donde te cacheteó la primera sorpresa del día. Eran tan solo las seis de la mañana y ya te habían robado el auto del estacionamiento. “Se lo palearon pana”. Fue todo lo que pudo decirte el vigilante. “Soy nuevo aquí,¿cómo voy a saber quien es el dueño de cada carro?” Estabas tan cansado que ni insististe, al fin y al cabo ya era la tercera vez que te robaban un automóvil y por eso tu Volswagen era un cacharro viejo, todo destartalado. “No respetan ya ni a los carros viejitos mi estimado!” Si lo sabrías tu mismo y el cuidador burlado todavía rezongaba. “¡Una mierda respetan!” ¿Qué podías añadirle para completar aquel cuadro? “Está bien chamo, yo me iré en el Metro”...


Entonces la localizaste por el celular y le pediste que te esperase en una estación... “¿En la estación de “Chacaito”?” Ella te preguntó y ya al estar de acuerdo se despidió de ti. “Adiós amor, adiós”, y tu pensaste, que si tomabas prontamente el Metro, en una hora podrías estar durmiendo a pierna suelta, y en tu casa... Pero ya el Metro raudo avanza y tú sigues sentado ahogándote, y ahora estás todo torcido, has resbalado y vas anegándote en la laguna de tu tibia sangre. Gritos en la estación de “Agua Salud”, pero el maquinista no debe saber nada porque se vuelven a cerrar las puertas y los carros avanzan y ves luz, un elevado, un traqueteo, y hay frío. Sentirás la disnea cada vez más intensa, la opresión en el pecho, con dolor, y pensarás si acaso se les ocurrirá tocar alguna alarma. Detendrán los vagones, seguramente, y entonces puede que nunca llegues a encontrarte con ella. No podrás verla. En vano te esperará, quizá aguardará por tu salida en estación de “Chacaito”. Notarás como la gente ya se te está nublando y no puedes creer que todo sea por la negrita de las crinejas y los lazos rojos, más bien, te dices, pueden haber sido los malandros. Tal vez fueron los mismos que abalearon al chamo que operamos. Tal vez se desquitan conmigo. Me acuchillaron... Pero los ojos grandes de la negrita no se te olvidan, brillantes y su carita sucia, con sus crinejas, y los dos lazos rojos, allá en el suelo y los rugidos de la gente que se te confunden con el agudo timbre de la alarma. Pueden ser gritos, y quizás son los insultos de la madre, recuerdas como volteaste antes de descender por la escalera del andén y les viste correr, eran muy grandes y agitaban los puños, no entendiste ya que te decían, que cosas te gritaban, pero ahora, todos comienzan a danzar en torno a ti. El mundo, los vagones del Metro, van girando, y lo hacen sin sentido alguno. El dolor en el pecho te obliga a doblarte sobre ti mismo y tienes que cerrar fuerte los ojos. Hay un pitido que se acerca desde muy lejos, suena como un silbato. Sabes que ella te esperará, sin encontrarte, ya en sus brazos no descansarás, hay frío y todo se oscurece, “...estas son las cosas que día tras día”, ¿por qué esa melodía viene a sonar dentro de tu cabeza?, que absurdo es todo, lo piensas con gran desilusión, sin furia alguna. Ya casi ni puedes ver la gente, “...me alejan de tu corazón, querida mía, amada mía”, ¿es la voz de Hector Cabrera?, no, ¿será Cherry Navarro?, hay mucho frío y tengo seca la garganta, querida mía, amada mía...

"Un Adán en Buenos Aires"

"Un Adán en Buenos Aires"


Autor: Julio Cortázar

Publicado en la revista Realidad

de marzo / abril de 1949


La aparición de este libro me parece un acontecimiento extraordinario en las letras argentinas, y su diversa desmesura un signo merecedor de atención y expectativa. Las notas que siguen -atentas sobre todo al libro como tal, y no a sus concomitancias históricas que tanto han irritado o divertido a las coteries locales- buscan ordenar la múltiple materia que este libro precipita en un desencadenado aluvión, verificar sus capas geológicas a veces artificiosas y proponer las que parecen verdaderas y sostenibles. Por cierto que algo de cataclismo signa el entero decurso de Adán Buenosayres; pocas veces se ha visto un libro menos coherente, y la cura en salud que adelanta sagaz el prólogo no basta para anular su contradicción más honda: la existente entre las normas espirituales que rigen el universo poético de Marechal y los caóticos productos visibles que constituyen la obra. Se tiene constantemente la impresión de que el autor, apoyando un compás en la página en blanco, lo hace girar de manera tan desacompasada que el resultado es un reno rupestre, un dibujo de paranoico, una guarda griega, un arco de fiesta florentina del cinquecento, o un ocho de tango canyengue. Y que Marechal se ha quedado mirando eso que también era suyo -tan suyo como el compás, la rosa en la balanza y la regla áurea- y que contempla su obra con una satisfecha tristeza algo malvada (muy preferible a una triste satisfacción algo mediocre). Abajo el imperio de estos contrarios se imbrican y alternan las instancias, los planos, las intenciones, las perversiones y los sueños de esta novela; materias tan próximas al hombre -Marechal o cualquiera- que su lluvia de setecientos espejos ha aterrado a muchos de los que sólo aceptan espejo cuando tienen compuesto el rostro y atildada la ropa, o se escandalizan ante una buena puteada cuando es otro el que la suelta, o hay señoras, o está escrita en vez de dicha -como si los ojos tuvieran más pudor que los oídos.
Veamos de poner un poco de orden en tanta confusión primera. Adán Buenosayres consiste en una autobiografía, mucho más recatada que las corrientes en el género (aunque no más narcisista), cuyas proyecciones envuelven a la generación martinfierrista y la caracterizan a través de personajes que alcanzan en el libro igual importancia que la del protagonista. Este propósito general se articula confusamente en siete libros, de los cuales los cinco primeros constituyen novela y los dos restantes amplificación, apéndice, notas y glosario. En el prólogo se dice exactamente lo contrario, o sea que los primeros libros valen ante todo como introducción a los dos finales -"El Cuaderno de Tapas Azules" y "Viaje a la oscura ciudad de Cacodelphia"-. Pero una vez más cabe comprobar cómo las obras evaden la intención de sus autores y se dan sus propias leyes finales. Los libros VI y VII podrían desglosarse de Adán Buenosayres con sensible beneficio para la arquitectura de la obra; tal como están, resulta difícil juzgarlos si no es en función de addenda y documentación; carecen del color y del calor de la novela propiamente dicha, y se ofrecen un poco como las notas que el escrúpulo del biógrafo incorpora para librarse por fin y del todo de su fichero.
Tras el esquema del libro, su armazón interna. Una gran angustia signa el andar de Adán Buenosayres, y su desconsuelo amoroso es proyección del otro desconsuelo que viene de los orígenes y mira a los destinos. Arraigado a fondo en esta Buenos Aires, después de su Maipú de infancia y su Europa de hombre joven, Adán es desde siempre el desarraigado de la perfección, de la unidad, de eso que llaman cielo. Está en una realidad dada, pero no se ajusta a ella más que por el lado de fuera, y aun así se resiste a los órdenes que inciden por la vía del cariño y las debilidades. Su angustia, que nace del desajuste, es en suma la que caracteriza -en todos los planos mentales, morales y del sentimiento- al argentino, y sobre todo al porteño azotado de vientos inconciliables. La generación martinfierrista traduce sus varios desajustes en el duro esfuerzo que es su obra; más que combatirlos, los asume y los completa. ¿Por qué combatirlos si de ellos nacen la fuerza y el impulso para un Borges, un Güiraldes, un Mallea? El ajuste final sólo puede sobrevenir cuando lo válido nuestro -imprevisible salvo para los eufóricos folkloristas, que no han hecho nada importante aquí- se imponga desde adentro, como en lo mejor de Don Segundo, la poesía de Ricardo Molinari, el cateo de Historia de una Pasión Argentina. Por eso el desajuste que angustia a Adán Buenosayres da el tono del libro, y vale biográficamente más que la galería parcial, arbitraria o genre nature que puebla el infierno concebido por el astrólogo Schultze.
De muy honda raíz es ese desasosiego; más hondo en verdad que el aparato alegórico con que lo manifiesta Marechal; no hay duda que el ápice del itinerario del protagonista lo da la noche frente a la iglesia de San Bernardo, y la crisis de Adán solitario en su angustia, su sed unitiva. Es por ahí (no en las vías metódicas, no en la simbología superficial y gastada) por donde Adán toca el fondo de la angustia occidental contemporánea. Mal que le pese, su horrible náusea ante el Cristo de la Mano Rota se toca y concilia con la náusea de Roquentin en el jardín botánico y la de Mathieu en los muelles del Sena.
Por debajo de esta estructura se ordenan los planos sociales del libro. Ya que el número 2 existe ("con el número 2 nace la pena"), ya que hay un tú, la ansiedad del autor se vuelca a lo plural y busca explorarlo, fijarlo, comprenderlo. Entonces nace la novela, y Adán Buenosayres entra en su dimensión que me parece más importante. Muy pocas veces entre nosotros se había sido tan valerosamente leal a lo circundante, a las cosas que están ahí mientras escribo estas palabras, a los hechos que mi propia vida me da y me corrobora diariamente, a las voces y las ideas y los sentires que chocan conmigo y son yo en la calle, en los círculos, en el tranvía y en la cama. Para alcanzar esa inmediatez, Marechal entra resuelto por un camino ya ineludible si se quiere escribir novelas argentinas; vale decir que no se esfuerza por resolver sus antinomias y sus contrarios en un estilo de compromiso, un término aséptico entre lo que aquí se habla, se siente y se piensa, sino que vuelca rapsódicamente las maneras que van correspondiendo a las situaciones sucesivas, la expresión que se adecua a su contenido. Siguen las pruebas: si el "Cuaderno de Tapas Azules" dice con lenguaje petrarquista y giros del siglo de oro un laberinto de amor en el que sólo faltan unicornios para completar la alegoría y la simbólica, el velorio del pisador de barro de Saavedra está contado con un idioma de velorio nuestro, de velorio en Saavedra allá por el veintitantos. Si el deseo de jugar con la amplificación literaria de una pelea de barrio determina la zumbona reiteración de los tropos homéricos, la llegada de la Beba para ver al padre muerto y la traducción de este suceso barato y conmovedor halla un lenguaje que nace preciso de las letras de "Flor de Fango" y "Mano a mano". En ningún momento -aparte de las caídas inevitables en quien no profesa de continuo la prosa, y de toda obra extensa- cabe advertir la inadecuación fondo-forma que, tan señaladamente, malogra casi toda la novelística nacional. Marechal ha comprendido que la plural dispersión en que lucharon él y sus amigos de Martín Fierro no podía subsumirse a un denominador común, a un estilo. Las materias se dan en este libro con la fresca afirmación de sus polaridades. Y el único gran fracaso de la obra es la ambición no cumplida de darle una superunidad que amalgamara las disímiles sustancias allí yuxtapuestas. No fue conseguido, y en verdad no importa demasiado. Ya es mucho que Marechal no se haya traicionado con una mediocre nivelación de desajustes. El buscaba más que eso, y tal vez le toque encontrarlo.
Hacer buena prosa de un buen relato es empresa no infrecuente entre nosotros; hacer ciertos relatos con su prosa era prueba mayor, y en ella alcanza Adán Buenosayres su más alto logro. Aludo a la noche de Saavedra, a la cocina donde se topan los malevos, al encuentro de los exploradores con el linyera; eso, sumándose al diálogo de Adán y sus amigos en la glorieta de Ciro, y muchos momentos del libro final, son para mí avances memorables en la novelística argentina. Estamos haciendo un idioma, mal que les pese a los necrófagos y a los profesores normales en letras que creen en su título. Es un idioma turbio y caliente, torpe y sutil, pero de creciente propiedad para nuestra expresión necesaria. Un idioma que no necesita del lunfardo (que lo usa, mejor), que puede articularse perfectamente con la mejor prosa "literaria" y fusionar cada vez mejor con ella pero para irla liquidando secretamente y en buena hora. El idioma de Adán Buenosayres vacila todavía, retrocede cauteloso y no siempre da el salto; a veces las napas se escalonan visiblemente y malogran muchos pasajes que requerían la unificación decisiva. Pero lo que Marechal ha logrado en los pasajes citados es la aportación idiomática más importante que conozcan nuestras letras desde los experimentos (¡tan en otra dimensión y en otra ambición!) de su tocayo cordobés.
Ignoro si se ha señalado cómo tropiezan nuestros novelistas cuando, a mitad de un relato, plantean discusiones de carácter filosófico o literario entre sus personajes. Lo que un Huxley o un Gide resuelven sin esfuerzo, suena duro e ingrato en nuestras novelas; por eso cabe llamar la atención sobre el "ars poetica" que, disperso y revuelto, dialogan aquí y allá los protagonistas de Adán Buenosayres, y la limpieza con que los debates se insertan en la acción misma.
La progresiva pérdida de unidad que resiente la novela a medida que avanza, ha permitido brillantes relatos independientes que alzan el nivel sensiblemente inferior del viaje al infierno porteño; la historia del Personaje -con agradecida deuda a Payró- toca a fondo la picaresca burocrática que desoladamente padecemos.
Quiero cerrar este pasaje de Adán Buenosayres con dos observaciones. Por un mecanismo frecuente en la literatura, nace ésta de un rechazo o una nostalgia. A la hora de la crisis -en la extrema tensión de su alma y de su libro Marechal dice ante el Cristo de la Mano Rota: Sólo me fue dado rastrearte por las huellas peligrosas de la hermosura; y extravié los caminos y en ellos me demoré; hasta olvidar que sólo eran caminos, y yo sólo un viajero, y tú el fin de mi viaje. Muchas otras veces, este alfarero de objetos bellos se reprochará su vocación demorada en lo estético. Qué entrañable ha de ser esta demora, esta búsqueda por las "huellas peligrosas", cuando su producto es una de las obras poéticas más claras de nuestra tierra.
Este mismo desconcierto interno de Marechal se traduce en otro resultado insólito. Creo sensato sospechar que su esquema novelesco reposaba en la historia de amor de Adán Buenosayres, ordenadora de los episodios preliminares y concretándose al fin en el Cuaderno del libro VI. La concepción dantesca de ese amor, exigiendo una expresión laberíntica y preciosista, lo escamotea a nuestra sensibilidad y nos deja una teoría de intuiciones poéticas en alto grado de enrarecimiento intelectual. Si nada de esto es reprensible en sí, lo es dentro de una novela cuyos restantes planos son de tan directo contacto con el tú, con nosotros como argentinos siglo XX. Y entonces, inevitablemente, la balanza se inclina del lado nuestro, y la náusea de Adán al oler la curtiembre nos alcanza más a fondo que Aquella en su spenseriano jardín de Saavedra. Ojalá la obra novelística futura de Marechal reconozca el balance de este libro; si la novela moderna es cada vez más una forma poética, la poesía a darse en ella sólo puede ser inmediata y de raíz surrealista; la elaborada continúa y prefiere el poema, donde debió quedar Aquélla con su simbología taraceada, porque ése era su reino.
La segunda observación toca al humor. Marechal vuelve con Adán Buenosayres a la línea caudalosa de Mansilla y Payró, al relato incesantemente sobrevolado por la presencia zumbona de lo literario puro, que es juego y ajuste e ironía. No hay humor sin inteligencia, y el predominio de la sentimentalidad sobre aquélla se advierte en los novelistas en proporción inversa de humor en sus libros; esta feliz herencia de los ensayistas siglo XVIII, que salta a la novela por vía de Inglaterra, da un tono narrativo que Marechal ha escogido y aplicado con pleno acierto en los momentos en que hacía falta. Sobre todo en las descripciones y las réplicas, y cuando no lo enfatiza; así el episodio de los homoplumas comienza del mejor modo -el retrato en diez líneas del malevo es un hallazgo-, pero termina alicaído con los discursos del speaker. El humor en Adán Buenosayres se alía con un frecuente afán objetivo, casi de historiador, y acaba de dar a esta novela su tono documental que, si la aleja de nosotros en cuanto a adhesión entrañable, nos la ofrece panorámicamente y con amplia perspectiva intelectual. No sé, por razones de edad, si Adán Buenosayres testimonia con validez sobre la etapa martinfierrista, y ya se habrá notado que mi intento era más filológico que histórico. Su resonancia sobre el futuro argentino me interesa mucho más que su documentación del pasado. Tal como lo veo, Adán Buenosayres constituye un momento importante en nuestras desconcertadas letras. Para Marechal quizá sea un arribo y una suma; a los más jóvenes toca ver si actúa como fuerza viva, como enérgico empujón hacia lo de veras nuestro. Estoy entre los que creen esto último, y se obligan a no desconocerlo.

Valentín Uzcátegui

Valentín Uzcátegui
Autor: Luis Perozo Cervantes

Valentín Uzcátegui fue un hombre solo, abandonado y misterioso, con actitudes incomprensibles, y una figura grotesca que variaba de una pequeña cabeza malformada, con ojos bizarros y labios cuarteados con destellos fucsia y algunos granitos rojos, hasta llegar a una panza desproporcionada que le impedía mirar sus pies. No se exponía al sol durante mucho tiempo, tenia una palidez de recién nacido. También era muy extraño verlo fuera de su casa, y cuando salía verdaderamente se convertía en un espectáculo, con su escasa estatura de 1.60 metros, se escondía de los rayos solares y de las miradas de los vecinos; Siempre caminando rápido y con los puños muy bien cerrados, moviendo las manos de un lado a otro, sin parar, como si los comentarios, risas y burlas lo persiguiera y apuñalaran desde que sale de la tétrica casa, herencia de sus padres, hasta llegar al abasto donde el ciego Manuel le atendía con mucho cariño, igual que un niño, sin que nadie le advirtiera que servía a un monstruo.

Dicen los que tuvieron la desdicha de acercarse en algún momento a Valentín que su cuerpo emanaba un hedor de inmundicia, un palpito morbo estaba aferrado al aura de ese desorden llamado Valentín Uzcátegui. Tanto hombres como mujeres al pasar frente a la casa de Valentín sentían la mirada penetrante de ese cuarentón enfermo que los desnudaba y tocaba con asquerosas ideas y ruines fantasías que sólo podían nacer en la mente de un depravado mórbido fuera de control.

Los vecinos de la abominable morada de Valentín, cuentan que por las noches de las ventanas laterales escapaban como relámpagos diabólicos una serie de gritos que lograban parar los pelos de las ancianitas y contaminar de excitación a los niños de meses. Definitivamente su casa estaba rodeada por un ambiente pesado, como si las larvas encadenaran a las personas, e hicieran que el factor tiempo transcurriera más lento frente a sus ventanas.

Muchos decían que era virgen. No aparecía en los anales del prostíbulo y ni en la memoria de las putas del pueblo. Pero cuentan que los fines de semana brotaban las conchas de plátano vacías en su basurero, abiertas por la mitad con extraños amasijos pegajosos dentro. Verdaderamente, Valentín Uzcátegui era un tipo asquerosamente extraño.

Un buen día Valentín se dispuso a llenar su despensa, dejó los binoculares en el suelo, se abrigó para luchar contra la luz solar y salió de su asquerosa morada; caminaba en zigzag, de árbol en árbol, huyendo de los rayos ultravioleta, escapando de la amenaza calórica que lo hacia sudar y recordar los días de su juventud.

Nunca estudió nada, vivía de la pequeña fortuna de sus padres; se sentía culpable, su ropa aún olía a marihuana, llevaba dos meses sin probar ni una ramita por que en un desespero se fumó hasta la raíz del ultimo arbusto.

Cerraba bien los puños, aceleraba el paso; desde pequeño tuvo miedo que lo descubrieran, su mente divagaba muchas cosas mientras recorría otra vez la ruta que todos los vecinos conocían de memoria; Los más curiosos se asomaban por las ventanas, también lo hacían los niños que estaban la escuela, mientras que las putas preparaban todo para abrir el prostíbulo. Él sabía que las putas lo miraban, él conocía sus intenciones, pero nunca se imaginó lo que en esa tarde se fuera a consumar gracias a una pequeña apuesta.

En la noche anterior, cuando todos los hombres yacían atiborrados de alcohol y el dinero estaba en sus pantimedias, ellas se sentaron a recordar los hombres que habían pasado entre sus piernas. El lechero, el panadero, el ruso, los motilones, el maricón, el carpintero, el barrendero, el ciego, los leñadores, los policías, el bombero, el cura, el presidente del consejo municipal, bueno y pare de contar, todos menos el susodicho Valentín Uzcátegui, entonces, las chicas tomaron el dinero de sus prendas intimas, lo metieron en el pote de la brillantina y lo dejaron en custodia del negro José, quien atendía la barra, con el compromiso de que la primera que llevara a Valentín al prostíbulo y lo desflorara se llevaba todo.

Fue Magdalena de la Cruz, después de echarlo a la suerte la ganadora del primer turno. Valentín entró sigiloso al abasto y sistemáticamente, producto por producto, Don Manuel le iba despachando cada una de sus pequeñas excentricidades. Mientras el ciego salía al huerto a buscar un sin fin de hierbas, Magdalena penetró en el estrecho abasto.

— Hola Valentín — dijo con una voz muy sensual al oído del monstruoso individuo— Siempre me has gustado mucho, desde niña he estado enamorada de ti.

Él permanecía totalmente callado, sus puños cerrados se movían nerviosamente, no quería ni respirar, ella le decía todas los apetitos que tenía de estar con él; Su ojo derecho empezó a palpitar, sus poros derramaban sudor a cántaros rotos; No aguantó más, dio media vuelta e intentó salir del lugar, pero en ese preciso momento, Magdalena tocó su pecho, lo empujó contra la pared con la intención de manosear su pubis.

La respiración de Valentín se hizo aguda y angustiosa, Magdalena seguía moviendo su mano hasta tener un encuentro con la privacidad de Valentín, apretando la pieza de orfebrería más asquerosa del pueblo.

Todo pasó en fracciones de segundo. Magdalena se restregaba la mano contra su falda, Valentín se sentía aturdido, los vapores de marihuana que emanaba su ropa lo impulsaban a buscar más y alimentar su éxtasis; su excitación, el calor, los recuerdos de su juventud, el miedo a las personas, el cuerpo de Magdalena que instaba a ideas y fantasías morbosas, sus piernas, sus axilas, <>, el dedo gordo del pie, el grosor de sus pezones, sus lágrimas, <<¿Cómo se vería llorando?>>, El sol, la luna, la lengua cruzando las fronteras de la falda, los grillos de la marihuana, <>, se repetía en la mente una y otra vez; era tanta la presión que decidió huir, corrió hacia afuera, al medio de la calle, gritó a todo pulmón: <<¡Estoy erecto, si, si, lo estoy, miren, miren!>>. Todos los vecinos salieron a mirar el deprimente espectáculo del pobre maniático. El sol se reflejó sobre la cara de Valentín, achicharrando sus pestañas, secando sus ojos, la saliva se evaporaba de su lengua, su hombro se movía de un lado a otro respondiendo a un tic nervioso, abrió la boca, corrió un líquido blanco y espeso por sus mejillas, luego un largo hilo de sangre antes de derramarse sobre el asfalto caliente.

Cayó boca arriba, su erección aún se notaba, claramente fue un infarto fulminante, todos los vecinos se acercaron para ver el cadáver en un incendio de células que morían junto con el cerebro. Las putas, el cura, las autoridades y todos los vecinos sentían asco. Magdalena se aproximó hasta el pestilente cadáver, y muy cínicamente dijo a todos los presentes:

—Miren, era verdad, le salieron pelos en la mano.

BREVE BIOGRAFÍA DEL POETA UDÓN PÉREZ

BREVE BIOGRAFÍA DEL POETA UDÓN PÉREZ

LUIS GUILLERMO HERNÁNDEZ


TRAYECTORIA VITAL.- Con el ascenso del poder de Antonio Guzmán Blanco, El Ilustre Americano, como lo solían llamar, desde 1870 Venezuela empezaba a presentar una fisonomía distinta, sobre todo después del “Decreto de Instrucción Obligatoria” del 27 de junio de ese mismo año. En Maracaibo, pequeña y próspera población venezolana, situada a orillas del Lago homónimo, que había extasiado a Alonso de Hojeda y a sus hombres en 1499, gobernaba a sus 50.000 habitantes, el General Venancio Pulgar.
El día 6 de marzo de 1871, en la ciudad de Maracaibo, en la Calle Bolívar No. 174, entre las calles Páez y Miranda, el hogar del comerciante Santos Pérez Puchi y de su esposa Josefina Machado Rincón de Pérez, se llenaría de júbilo al recibir el advenimiento de un hijo varón, el cual al ser bautizado recibiría los nombres de Abdón Antero Pérez Machado, mejor conocido como Udón A. Pérez o simplemente Udón Pérez.
A los tres años perdería a su madre, quedando bajo la tutela de su abuela materna, Josefa Rincón de Machado, quien lo iba a criar con inmenso amor y rigidez de carácter. A los diez años moriría su padre y entonces, la abuela sería ayudada en su labor educativa, por el humilde maestro parroquial bachiller Rafael Pirela, quien le enseñaría las primeras letras al niño.
En 1883, a los doce años de edad, iniciaría estudios de bachillerato en la Escuela Federal Anexa al Colegio Federal de Primera Categoría del Grande Estado Falcón Zulia, donde iba a nacer en él, la eterna pasión por el verso. El 7 de agosto de 1889 recibiría el título de Maestro de Instrucción Primaria y el 15 del mismo mes, el de Bachiller en Filosofía, ambos en el Colegio Federal y así, al año siguiente, iniciaría estudios de Medicina y de Ciencias Políticas, destacando en ambas carreras con destacadas calificaciones, a lo largo de los seis años de sus cursos, con brillantes mentores, como: Jaime Luzardo Esteva, Leopoldo Sánchez, Francisco Ochoa, José María Luengo, Alfredo Rincón, Helímenas Finol, Francisco Rincón, Rafael López Baralt, José de Jesús Olivares, Manuel Dagnino y Francisco Eugenio Bustamente, entre otros, quienes formaron su espíritu y lo convirtieron en un erudito.
Durante esa etapa estudiantil, en 1891, sería examinador de Pedagogía Primaria, al lado del doctor Francisco Ochoa y en ese mismo año, al abrirse la Universidad del Zulia, el 11 de septiembre, en el acto solemne de su instalación, Udón llevaría la palabra del estudiantado, recitando poemas de su propia inspiración, ya que era conocido como el bardo adolescente. Ello causaría la admiración de don Félix Romero y de doña Asunción Luengo de Romero, pero más de su bella hija Delia, iniciándose así un romance, que culminaría en boda, mientras iniciaba su actividad periodística y su inmensa creación poética.
En 1896 terminaría brillantemente sus estudios, pero rehusaría recibir los títulos, porque decía que Prefiero ser docto y no doctor, y para el 13 de junio de 1898 contraería matrimonio con Delia Romero Luengo, cuya unión nacerían siete hijos: Udón Segundo, Arbonio, Wintila Delia Teresa, Delia Josefina, Delia Isabel y Delia del Carmen, formando un hogar muy feliz y compenetrado, su “nido de las Delias”, como lo solía llamar Udón. Por eso, se comprenderá al poeta en su gran dolor, cuando en 1920 moriría su amada esposa Delia, a quien sólo sobreviviría seis años.
Físicamente, era de ademán majestuoso, porte indiano, ojos enérgicos, alta frente morena, coronada por la negra cabellera, sembrada de hilos de plata. Psicológicamente era un hombre enérgico, pero bondadoso, cordial, franco, hidalgo y generoso, que aconsejaba a todos los que se acercaban a él y muchas veces, casi le re-escribía los poemas a sus discípulos. En su vida hogareña sería amante ferviente de su esposa, cariñoso y amigable con sus hijos, quienes lo admiraban y respetaban.
Desempeñaría variados cargos públicos, con gran eficiencia y pulcritud, a saber: Diputado a la Asamblea Legislativa del Estado Zulia, Concejal y Síndico Procurador del Concejo Municipal del Distrito Maracaibo, Secretario en el Consejo de Gobierno, Presidente de la Junta de Instrucción del Distrito Maracaibo, Secretario de la Junta del Estado, Miembro y Secretario del Consejo de Instrucción, Catedrático de Pedagogía en el Colegio Nacional, Juez del Municipio Santa Bárbara de Maracaibo, Fiscal Nacional del Banco de Maracaibo y sería Miembro de la Sociedad Académica de Historia Internacional, con sede en París, a pesar de nunca haber salido de su terruño, excepto en cortos viajes a Caracas y a Los Puertos de Altagracia.
El 24 de julio de 1924, día festivo, en horas de la mañana, el poeta saldría de su casa, pero al llegar a la Plaza Baralt se sintió mal y conducido de urgencia a su casa, sólo pudo exclamar: Todo se me va y expiró. Eran las 11 de la mañana, pero el fuerte sol de Maracaibo pareció eclipsarse por la muerte de un astro. El doctor Rodolfo Luzardo diagnosticaría muerte por hemorragia cerebral. Sus exequias fueron una manifestación pública del dolor popular, porque había muerto su poeta. Al día siguiente, el pueblo marabino se echó al hombro su féretro y lo condujo a su última morada terrenal, a reunirse con su adorada Delia, entre las lágrimas de sus admiradores y el duelo regional decretado por los poderes ejecutivos y legislativos, al cual se unirían todas las instituciones regionales.
Se instituiría una Junta Pro-Monumento a Udón Pérez, presidida por el doctor José Encarnación Serrano y constituida por Rafael Yepes Trujillo, Carlos Montiel Molero, Abraham Belloso, Julio Áñez, Francisco Eugenio Bustamante y otras personalidades, quienes por colecta popular lograron levantar un monumento al poeta, en su Maracaibo amada y editar dos de sus poemarios inéditos. En 1940 se levantaría un busto a su memoria, en una calle caraqueña y en 1947 se daría su nombre al segundo liceo de Maracaibo. En 1951-1952, con motivo de los 25 años de su muerte, se editaron varias de sus obras poéticas, mientras se colocaba una lápida conmemorativa en la casa donde vivió y murió el poeta, Calle Carabobo No. 147, en la esquina con la calle Páez, actualmente restaurada y convertida en el Museo de Artes Visuales “Emerio Darío Lunar”. En 1971, con motivo del centenario de su natalicio, se le rindieron tributos en todo el país, lo cual se repetiría en 1976, al cumplirse el cincuentenario de su muerte.
El último gran homenaje tributado a su memoria de ilustre zuliano, sería decretarle los honores del Panteón Regional del Zulia, conjuntamente con el doctor Francisco Ochoa. Sus restos mortales se trasladaron desde el Nuevo Cementerio o Cementerio El Cuadrado a la Casa de la Capitulación, donde tuvimos la ocasión de pronunciar el Discurso de Orden “Ante el féretro de Udón Pérez”, en representación de los sectores culturales del Zulia, como vicepresidente de la Academia de Historia del Estado Zulia y más tarde, a la Catedral de Maracaibo, donde monseñor Enrique Pérez Lavado, obispo de Maturín y nieto del poeta, pronunciaría el elogio fúnebre, para ser conducido el féretro a este templo del descanso eterno de los hijos ilustres del Zulia, el 30 de enero de 2004, donde hoy estamos, ante sus cenizas veneradas de gran poeta regional y nacional.
EL PERIODISTA.- Mientras estudiaba, en 1893, iniciaría su labor periodística, al colaborar en El Centinela, con Marcial Hernández; en 1895 intervendría en la fundación de Bohemias y en 1911, sería factor importante en la salida a la luz pública de La Guitarra, periódico totalmente redactado en verso, aun los avisos comerciales. En 1919 nacería Alma Latina, revista de gran calidad literaria, la cual iba a dirigir junto al poeta Rafael Yepes Trujillo, durante dos años, hasta la muerte de su esposa. Desde muy joven sería colaborador de El Cojo Ilustrado de Caracas y más tarde de: El Fonógrafo, Panorama, Patria i Ciudad, El Sociologista, Fulgores y de otros muchos periódicos y revistas de la región, por lo cual gran parte de su obra está dispersa en esas fuentes hemerográficas, esperando la mano salvadora que la rescate para la posteridad.
EL POETA.- A 81 años de su muerte, Udón Pérez sigue siendo el “Maestro de la versificación” en el Zulia, el poeta que llenaría más de treinta años de la poesía vernácula criolla, y aunque algunos bardos han logrado superar su belleza y emoción, ninguno lo ha podido hacer en la perfección del verso, al estilo de los grandes maestros clásicos de la antigüedad. Sería el cantor de su pueblo amado, de su raza, de sus héroes, de su paisaje lacustre, de su geografía exuberante, de sus leyendas autóctonas, de su descubrimiento, conquista e independencia, pero no solo sería maestro de la poesía descriptiva, sino que supo abordar con igual acierto, el intimismo y la lírica de amor, de dolor, de fe, de esperanza y de mística, además de lograr destacar, con auténticos méritos, en las versiones de grandes poetas de lejanas latitudes, sobre todo de franceses, italianos y portugueses, al hacer verdaderas creaciones, embelleciéndolas y dándole un nuevo ritmo, quizás iguales o quizás superiores a las originales. Bardo criollo que se había atrevido a incursionar en la poética modernista de Darío, aunque siempre prefiriese el arquetipo parnasiano de Núñez de Arce, creador de sonetos impecables, perfectos e imperecederos, dignos de la más exigente posteridad y erudito autor de la letra marcial del Himno del Zulia. Por eso, su nombre será imperecedero en la historia literaria de nuestra región y aun en la venezolana.
En 1897 editaría su primer poema La maldición, dedicado al periodista Valerio Perpetuo Toledo, actualmente casi ilocalizable, como una joya bibliográfica. En 1898 publicaría su segundo poema Vendida, con un estudio crítico de A.E. Serrano, compuesto de 80 estancias y casi 500 versos, de tipo idílico, con la temática sobre la fragilidad humana y su apóstrofe al vicio, que hacía pensar en una promesa de la poesía zuliana, siendo incluido más tarde, en Ánfora Criolla. En 1901 vería la luz pública su poemario Notas líricas a la Sociedad Mutuo Auxilio en sus Bodas de Plata, casi ilocalizable actualmente y el poema La voz del alma, éste último un poema de Navidad dedicado a Ramiro Nava, como tragedia dolorosa y pesimista, incluido más tarde en Ánfora Criolla.
En 1903 ingresaría a la prisión del Cuartel San Carlos, por un trágico suceso, donde escribiría su primer poemario extenso titulado Lira triste, el cual sería editado ese mismo año, con un prólogo de Marcial Hernández, consagrándose como poeta, por su tono de tristeza, de dolor, de conformidad espiritual, en forma de sonetos magistrales, entre los cuales destacaba In Memoriam, donde evocaba el triste suceso que llevó a prisión.
Saldría en libertad, tras seis meses de prisión, al comprobarse su falta de culpabilidad y como testimonio de su prisión quedaría ese poemario, re-editado en 1971.
En 1908 editaría su poema indiano La Leyenda del Lago, donde usó el verso alejandrino para narrar la leyenda indiana sobre el nacimiento del lago, con una lírica destacable, sobre los amores indígenas de Tamare y Maruma, y con la gran figura del cacique Zapara, siendo incluido en Ánfora Criolla. En 1910 circularía la edición oficial del Ejecutivo del Estado Zulia, contentivo del Himno del Zulia, escrito por Udón Pérez y con música del doctor José Antonio Chaves.
En 1913, se editaría una de las obras claves del poeta, Ánfora Criolla, que le daría prestigio nacional, por sus descripciones paisajísticas con una técnica casi fotográfica, emparentándose con Chocano como cantor indiano. En este libro se localizan sus mejores poemas indianos: La venganza de Yaurepara, Guajarima, Las islas del Coquibacoa, Iguaraya, Tatuaje y La Leyenda del Lago, que narran con multitud de colores, las leyendas indígenas, con sus ritos y costumbres, sus paisajes selváticos y lacustres, su vida, su amor y su muerte. Sería re-editada en 1951, con motivo de los 25 años de la muerte del poeta.
En 1915 circularían sus Trípticos apendiculares o Comentarios a un apéndice, escritos contra otro gran poeta del Zulia, el doctor Ildefonso Vázquez, como trípticos muy amargos, ya que mantuvieron una polémica acérrima. También se incluyen en este folleto, una serie de sonetos a los Paladines Zulianos.
En 1916 se editaron Dos Poemas, donde se incluyen dos poemas indianos: Iguaraya y Tatuaje, el primero, versión en octavas reales de la leyenda en prosa de José Ramón Yepes y el segundo, premiado con la Flor Natural de los Juegos Florales de “La Revista” de Caracas, en febrero de 1916 y quizás su mejor poema indiano.
Con motivo del 5 de julio de 1920, el Ejecutivo del Estado Zulia, ordenaría la edición de Colmena Lírica, la cual circularía en 1921, como el libro de la madurez del poeta, gloria de Venezuela, quien lo iniciaba con tres sonetos dedicados a las musas, donde exponía su credo literario, su declaración de fe a la musa clásica, con ligeros escarceos con la musa moderna. Contiene otros sonetos muy hermosos sobre las Rosas de orgullo y energía; un gran poema épico, la oda Al porvenir de la América Hispana, lleno de visión futurista y de belleza intrínseca; versiones de varios poetas extranjeros, muy bien logradas; poemas indianos como Tatuaje e Iguaraya; y un bello idilio Por el campo florido.
En 1921 se editaría Bajo los Sauces, una elegía dolorosa creada por el poeta a partir de su inmenso dolor por la muerte de su esposa Delia y la orfandad de sus hijos. Su segunda parte titulada Evocaciones íntimas, posteriormente, en 1951, sería editada por la Universidad del Zulia, por los 25 años de la muerte del poeta. Su mayor creación es la elegía Nenia, donde hace canto el dolor por su amada muerta, su ida para siempre ida. En 1923 se publicaría Divino mundo i El cocotero, poemas laureados, en co-autoría con Rafael Yepes Trujillo.
En ese mismo año de 1923, la revista La Hora Literaria le rendiría homenaje en una edición monográfica, publicando una Selección de su Obra, con un esbozo crítico de su director Héctor Cuenca, que incluía: El alma de la bandera, Pastorela, La regadora, La piedad de la esfinge y Versiones.
En 1924, se publicaría el último poemario en vida del poeta, Plectro Rústico, donde describiría nuestro campo rústico, el pequeño poblado de “El Perú”, hoy incorporado a la ciudad, destacando por sus valores alegóricos, el poema El Cocotero.
Láurea, obra póstuma editada en 1927 por la Junta Pro-Monumento a Udón Pérez, contentiva de cantos patrióticos, que destilan civismo, libertad, justicia, nobleza, valor y ejemplo para las generaciones venideras, todo ello en un marco de perfección estilística. Incluiría el discurso que pronunciara el doctor Jesús Enrique Lossada, en el primer cumple-mes de su muerte, en el homenaje de la Sociedad Mutuo Auxilio de Maracaibo. Sería re-editado en el año 1957, en la Semana de la Patria.
Hojas i Pétalos, es otra obra póstuma, publicada en 1929, por la Junta Pro-Monumento a Udón Pérez, con poesías inéditas del poeta, donde destaca el poema Mis lauros, dedicado a sus hijos y donde explica la historia de sus cincuenta premios poéticos.
En 1940, como homenaje del Ejecutivo del Estado Zulia al Libertador, circularon los Cantos de Udón Pérez al Libertador, contentivos de sus poemas patrióticos.
En 1943, la Editorial Venezuela de Caracas, editaría Poesía de Udón Pérez, a modo de antología poética.
En 1951 con motivo de los 25 años de la muerte del poeta, la Universidad del Zulia, publicaría sus Evocaciones Íntimas, segunda parte de Bajo los sauces.
En 1952, continuando con la conmemoración de los 25 años de su muerte, se publicaron sus dos libros de versiones poéticos de grandes poetas extranjeros. El Jardín de las Caricias, editado por el Ejecutivo del Estado Zulia, con temática árabe, que encierra fiebre, amor y belleza, precedido por un comentario crítico de José Rafael Pocaterra. Calcos, publicado por la Dirección de Cultura de la Universidad del Zulia, con prólogo de Rafael Yepes Trujillo, que según algunos críticos son sus obras más valiosas, superando sus poemas originales, sobre todo las versiones magistrales de poetas franceses, italianos y portugueses, ya que obtendría verdaderas creaciones, como Andrés Bello en la Oración por todos, logrando casi superar al original, embelleciéndolo y dándole un nuevo ritmo.
En 1968, la Fundación Belloso como un homenaje a la Maracaibo cuatricentenaria, editaría una monumental Antología de su obra, siendo encargados de la selección de los poemas, los poetas Adalberto Toledo, Luis Pino Ochoa y Mercedes Bermúdez de Belloso.
En 1976, con motivo del cincuentenario de su muerte, el poeta Guillermo Ferrer seleccionaría su Antología Poética, constituida solamente por sonetos y publicada por el Comité Homenaje constituido por la Asociación Cultural “Rómulo Gallegos”, quienes también editarían un disco con el Himno del Zulia y el poema Maracaibo Mía, en la voz del declamador Martín Áñez, mientras la Universidad del Zulia publicaba Udón Pérez, biografía escolar original de Luis Guillermo Hernández, su primera publicación como escritor.
En 2004, el Acervo Histórico del Estado Zulia editaría Rosas secas, su poesía inicial de adolescente, localizada en manuscrito en los archivos de ese despacho ejecutivo, por el historiador Iván Salazar Zaid
LAUROS POÉTICOS.- Udón Pérez obtendría 54 lauros poéticos a lo largo de su vida, acaparando casi todos los certámenes poéticos celebrados en el país, entre ellos 4 Flores Naturales de Juegos Florales, que lo convirtieron en “Maestro del Gay Saber”. A continuación, citaremos esos premios, a pesar de parecer fastidioso, para que se conozcan de las nuevas y futuras generaciones.
En 1893 ganaría su primer lauro poético en el certamen de la Sociedad Mutuo Auxilio de Maracaibo, con una oda titulada Gajes de la paz; en 1894 obtendría el certamen del Club Chicago con las décimas El artista; y en 1895, el certamen del Club Sucre, con su soneto Cuba, así como el certamen del centenario del padre José de Jesús Romero, con su espinela titulada El padre Jesús Romero; así mismo, en 1896 ganaría el certamen de la Academia Venezolana, con la oda Miranda mártir.
En 1897 seguiría ganando distinciones y así lograría el primer premio y la mención honorífica en el certamen del “Salón Fotográfico”, con los serventesios El rayo de luz. En 1898 ganaría los tres premios del certamen de las Bodas de Plata del “Diario de Avisos” de Caracas, con sus sonetos Perseverancia. También obtendría el primer premio y la mención honorífica del certamen del centenario de Colón, con sus sonetos El genio de Colón.
Con el nacimiento del siglo XX, ganaría el certamen de la Revista Americana de Caracas, con la oda Influencia de la poesía. En 1902 obtuvo el primer premio, la mención y el accésit del certamen aniversario de la Fábrica de Cigarrillos “La Protectora”, con sus silva, soneto y oda tituladas Mirando el humo. En 1903 ganaría el certamen del Asilo de Huérfanos de Caracas con la oda Dios es caridad y el segundo certamen de la Revista “El Cojo Ilustrado” con su poema indiano La venganza de Yaurepara.
En 1905 ganaría el certamen del Gobierno del Zulia, con motivo de la Fiesta del Árbol, con su oda El árbol, mientras también obtenía el certamen del primer aniversario del periódico “Pan y Letras”, con sus sonetos Pan y Letras. En 1907 obtendría el certamen de la apoteosis del arzobispo Guevara y Lira, con su oda El óptimo Prelado y de nuevo obtendría el certamen del periódico “Pan y Letras”, con el soneto La escuela y la imprenta.
En 1910 ganaría el primero y segundo premios del certamen sobre el centenario del 19 de Abril, auspiciado por el Concejo Municipal de Maracaibo, con sus odas Súrge et ambula y Súrge oh Patria. Con motivo del centenario de Rafael María Baralt, un grupo de intelectuales del Zulia trataron de coronarlo, como habían hecho con Chocano en el Perú, pero el poeta se negaría a aceptarlo.
En 1911 ganaría el certamen de los Primeros Juegos Florales del Centro Literario del Zulia, con la oda La mujer patriota; también obtendría la primera mención honorífica del periódico “La Nación” de Caracas, con motivo del centenario de la independencia, con su oda Los Conquistadores; y el certamen de “El Heraldo Católico” de Caracas, por el mismo motivo, con la oda titulada Los héroes anónimos.
En 1912 obtendría el primer premio y el accésit del certamen de la Junta “Homenaje a Urdaneta”, con el soneto titulado Ofrenda, cuyo premio consistió en grabar en bronce el soneto y colocarlo en el pedestal de la estatua del Héroe Máximo del Zulia.
En 1916 ganaría el primer premio de los Primeros Juegos Florales de Caracas, con el poema indiano Tatuaje; el certamen de “Panorama” en su primer aniversario, con su oda Lux Victrix; y el certamen del periódico “Minerva” de Carora, con el Himno del Liceo Contreras.
Entre 1917 y 1918 obtendría el certamen del Gobierno del Estado Nueva Esparta por el centenario de la batalla de Matasiete, con sus décimas Lid Redentora; y el segundo premio de los Segundos Juegos Florales de Caracas, con el serventesio La espiga y el arado, siendo superado por el joven Andrés Eloy Blanco, quien ganaría el primer premio.
En 1919 ganaría el certamen del Gobierno del Estado Bolívar, con motivo del centenario del Congreso de Angostura, con los sonetos Medallones Heráldicos; así como el certamen del Gobierno del Estado Falcón, con motivo del natalicio de Heriberto García de Quevedo, con la oda Al porvenir de la América Hispana.
En 1921 obtendría el primer premio y el accésit de los Segundos Juegos Florales de Maracaibo, con su cítrea El poema de las rosas y sus quintillas alejandrinas La rosa roja; el certamen de la Academia Nacional de la Historia, con su serventesio Carabobo; y el certamen de la Junta “Homenaje a Urdaneta”, con su oda El alma de la bandera.
En 1922 obtuvo el certamen del centenario de la muerte del general Pedro León de Torres, con su oda General Pedro León de Torres.
En 1924 ganaría el certamen de los Juegos Florales de Cumaná, con 150 versos; además de los certámenes de los periódicos “La Información” de Maracaibo y ”El Luchador” de Ciudad Bolívar.
EL DRAMATURGO.- Udón Pérez escribiría siete obras de teatro en verso, dos de ellas monólogos, las cuales fueron conocidas del público zuliano entre 1887 y 1924, logrando un éxito adecuado a la fama del bardo zuliano, siendo el autor de dramas regionales en verso, costumbristas, criollistas y reformistas, donde afloraban los grandes conflictos y los prejuicios sociales y religiosos, propios de su convulsionada época, al estilo de Zorrilla y de Echegaray, donde se destacaba la tendencia moralizante y educativa, al combatir la rigidez del dogmatismo religioso, a través de un claro planteamiento, valiente y maduro, en su exposición.
En noviembre de 1887, apenas con 16 años de edad, estrenaría El Regreso del Pirata, drama en tres actos y en verso, llevada a la escena por una compañía de jóvenes aficionados, formada por Benito D. Puche, Luis E. Jonings, Eduardo Matos C., Arturo S. Iriarte y Udón A. Pérez, en un teatrito de corral improvisado en el patio de una casa de la Calle Carabobo. Al no ser editada, esta obra se perdería para la historia teatral, sin embargo creemos que no debió tener grandes méritos, ya que no produjo mayor trascendencia, como obra de principiante.
El 22 de junio de 1893, el actor aficionado Arturo S. Iriarte representaría su monólogo en verso La primera piedra, publicado en El Sociologista, periódico ilocalizable actualmente.
En 1899 editaría La Escala de la Gloria, monólogo en verso, escrito para la artista Refugio Azuaga, quien lo interpretaría con gran éxito, en el Teatro Baralt de Maracaibo y sería publicado en El Fonógrafo, en la página 2 del 11 de marzo de 1899.
Iniciando el año 1904, el 26 de enero, se estrenaría en el Teatro Baralt de Maracaibo, su drama poético en tres actos, Frutos Naturales, interpretado por la Compañía Española de Dramas de Luisa Martínez Casado, obteniendo un gran éxito y siendo editado ese mismo año, con un epílogo crítico de Marcial Hernández y re-editado en 1933. Tuvo que ser representado dos veces más en el mismo mes, algo insólito para el momento y sería llevada a Caracas, estrenada por la misma compañía dramática, el 12 de junio de 1904, en el Teatro Caracas, con el mismo éxito. Sus intérpretes fueron: Ángel León, Luisa Martínez Casado, Joaquín González, Celia de Martínez Casado, Enrique Terradas, M. Martínez Casado y Alfredo Alarcón. Su tema fue un ataque a la intolerancia del fanatismo religioso, donde el amor termina en tragedia por la intransigencia de sus personajes centrales.
Sin Nombre sería un drama en tres actos y en verso, estrenado en 1908, por la Compañía Zuliana de José Mavarez, provocándose una gran polémica por su fuerte temática sobre los hijos naturales o ilegítimos, en forma de crítica social, sobre esa situación, tan frecuente en nuestra región, la cual ha levantado a nuestra sociedad sobre una base de hipocresía moral. Sin embargo, su error sería constituir un drama demasiado largo y con excesivo lirismo, causando cansancio, a pesar de su interesante temática.
El Gordo es un drama en tres actos y en verso, escrito en 1916, entre agosto y septiembre, en colaboración con Octavio Hernández, siendo editado en 1917, por la Empresa Panorama. Estrenado en el Teatro Baralt de Maracaibo, el 23 de diciembre de 1916, por la Compañía Española de Alta Comedia Jacinto Benavente, tuvo buen éxito de público, pero la crítica especializada les fue adversa, por considerarlo un drama mediocre, cuya temática es un ataque contra el vicio del juego, que llevaría a la catástrofe final, adecuada a la época y lugar, pero actualmente sin vigencia. Su exposición es poco clara, el nudo no suele mantener la emoción y el desenlace no está muy bien adecuado con los hechos, lo que hace su plan fallido y poco sólido.
El drama en un solo acto y en verso, Entre Sombras, llamado inicialmente Visión Suprema, obtuvo el Primer Premio en el Certamen Internacional promovido por las Escuelas Profesionales de Artes y Oficios de Nuestra Señora de la Piedad de Bahía Blanca (Argentina), en 1924, siendo estrenado ese mismo año, en el Teatro Baralt de Maracaibo, por la Compañía de José Mavarez y el 8 de octubre de 1925, sería montado de nuevo, en el Teatro Variedades, por la Compañía Wilson-Saavedra-Ciangherotti. Según Octavio Hernández, sería lo mejor de Udón Pérez, en el campo teatral, porque estaba adaptado a su naturaleza poética.
CONCLUSIÓN.- Este es, en muy breve síntesis, Udón Pérez, el gran poeta del Zulia, el cantor de su pueblo, de su raza, de sus héroes, de sus leyendas y de sus paisajes, y el dramaturgo reformista, criollista y costumbrista. Un inmortal de las letras zulianas y venezolanas, cuyos restos mortales han merecido los honores de este “Panteón Regional del Zulia”.

CONFERENCIA DEL ACADÉMICO LUIS GUILLERMO HERNÁNDEZ, EN EL PANTEÓN REGIONAL DEL ZULIA, EL DÍA 26 DE JULIO DE 2007, CON MOTIVO DE CUMPLIRSE 81 AÑOS DE LA MUERTE DE UDÓN PÉREZ.

Poema de Pablo Neruda

Poema de Pablo Neruda
Hacia los 35 años de su muerte el próximo 23 de septiembre