Revista Literaria de la Fundación Andrés Mariño Palacio, que tiene como objetivo la difusión de la literatura regional y universal.

Poesía Femenina

Poesía Femenina
Libreria del Sur. 20/03/2009. 6 PM

lunes, 5 de mayo de 2008

JULIO CORTÁZAR: Continuidad de los parques



Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.


JACQUELINE GOLDBERG: VEINTE AÑOS DE POESÍA

LUIS GUILLERMO HERNÁNDEZ

El 31 de enero de 1983 se iniciaría el Taller de Expresión Literaria del Centro de Bellas Artes, bajo la coordinación de Néstor Leal, quien había sido uno de los integrantes del afamado Grupo “Apocalipsis”, de renovación literaria en la región zuliana. En ese cenáculo literario se reunían: Mario Labarca, Javier Rondón, Paula Rivero, Inés Gabriele, Jesús Ángel Parra, Bernardo Martín, Beatriz Pineda de Sansone, Emperatriz Arreaza, María de Wenger, Luis Guillermo Hernández y Jacqueline Goldberg. Jacqueline Goldberg Kapuschewski, nacida en Maracaibo el 24 de noviembre de 1966, tenía escasamente dieciséis años cumplidos y escribía desde su niñez y muy pronto sobresaldría en la agrupación por su tenacidad en dominar el brioso potro de la poesía, con tendencia al erotismo. Desaparecido ese taller en marzo de 1984, por la designación de Leal para dirigir Monte Ávila Editores, Jacqueline se iba a incorporar al Taller “Octavio Paz”, que funcionaría en mi domicilio en la calle 72, muy cerca del suyo y al Taller Literario de la Secretaría de Cultura del Estado Zulia, coordinado por Jorge Luis Mena y donde publicaría su primer poemario Treinta soles desaparecidos, al iniciarse el año 1986, mientras el Papel Literario de El Nacional y periódicos locales como Crítica, le abrían sus páginas, para recoger sus creaciones. Así, empezaría un largo camino de dos décadas de escritura y poesía, que la han convertido en una figura imprescindible al hablar de poesía en Venezuela y con proyección hacia otros países, como Rumania, España, Puerto Rico, Estados Unidos, Perú, Cuba y México, entre otros. Su obra está caracterizada por la brevedad de los textos, propia de su generación, con intensidad y concentración en el lenguaje, dominando la palabra como instrumento, con sus rasgaduras existenciales y experiencias familiares evocadoras, con su dosis de erotismo y desarraigo. Ella misma ha expresado que tres ejes temáticos han atravesado, desde siempre, su trabajo poético: La conciencia del mundo, la visión femenina y la familia. Ese producto prodigioso de veinte años de poesía de gran calidad, acaba de ser recogida por la Universidad Simón Bolívar en su Editorial “Equinoccio”, conjuntamente con la Editorial “Boker”, bajo el título Verbos Predadores. Poesía reunida 2006 / 1986, donde se incluyeron, en sentido inverso a su creación: Verbos predadores, escrito entre 2003 y 2006 e inédito hasta ahora; Autopsia, publicado fragmentariamente en 2006; El orden de las ramas, editado en Madrid en 2003; La salud, Premio de Poesía “Caupolicán Ovalles” de la Bienal de Literatura Mariano Picón Salas, Mérida, 2000 y publicado en 2002; Víspera, editado en 2000; Insolaciones en Miami Beach, editado en 1995; Trastienda, Finalista Casa de las América, Cuba, 1990 y publicado en 1991; Máscaras de familia, Mención Premio de Poesía de Fundarte, 1990 y publicado en 1991; A fuerza de ciudad, Mención Premio de Poesía de Fundarte, 1987 y publicado en 1989; Luba, Mención de Honor Concurso de Poesía de la Casa de la Cultura de Maracay, editado en 1988; En todos los lugares, bajo todos los signos, Segundo Premio Concurso Literario del Vicerrectorado Académico de la Universidad del Zulia en 1986 y publicado en 1987; De un mismo centro, Mención Concurso de Poesía Año Internacional de la Poesía de la Universidad del Zulia en 1985 y publicado en 1986; Treinta soles desaparecidos, escrito en 1985 y publicado al principio de 1986. En 2003, la Universidad Católica Cecilio Acosta, había editado una pequeña antología de su poesía, organizada por ella misma, con el título Una sal donde estoy de pie Licenciada en Letras por la Universidad del Zulia en 1990 y Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Central de Venezuela en 1998, no solamente ha incursionado en la poesía, sino también en la literatura infantil, la narrativa, el ensayo, el reportaje, el género testimonial y la dramaturgia, además de ser editora, como coordinadora de publicaciones de la Dirección de Cultura de la Universidad del Zulia, Directora de la Galería Espace Futur Simple de la Alianza Francesa de Maracaibo, cofundadora de la revista Babilonia y de Séptimo Sello Editorial, así como editora de las Colecciones Clandestinas. Residenciada en Caracas, desde 1991, empezaría laborando en el Museo de Arte de la Rinconada. Entre sus libros para niños, podemos citar: El filósofo saltamontes, editado en 2006; Benjamín caballito de mar, editado en Bogotá en 2003; La casa sin sombrero, editado en 2001; Don Beceverio, el guardián del dinero, en coautoria con Víctor Fajardo, editado en 2000; Plegarias en voz baja, editado dos veces, en 1999 y 2000, ésta última en México; Mi bella novia voladora, Premio Nacional de Literatura Infantil Miguel Vicente Pata Caliente, con dos ediciones; y Una señora con sombrero, editado en 1993 y con cinco ediciones, habiendo recibido el Premio “Los Mejores del Banco del Libro” en 1994. Entre sus obras de ensayo tenemos: La vastedad del adiós. Historias sepultadas en un cementerio judío, publicado en 2003; y La instalación: Tácticas y reveses, Premio de Ensayo de la Bienal de Crítica y Ensayo Roberto Guevara, editada en 2002. Entre sus obras de testimonio tenemos: Conversaciones con Armando Scannone, coautoria con Vanessa Rolfini, editada en 2007; Exilio a la vida, testimonios en Venezuela de sobrevivientes de la Shoá, con fotografías de Esso Álvarez, editado en 2006; En idioma de jazz. Memorias provisorias de Jacques Braunstein, editada en 2005; y Clara Zsnajderman, la entereza de un legado, editada en 2005. Ha publicado una obra de teatro Zamuro a Miseria, escenificada por la Sociedad Dramática de Maracaibo en 1990 y editada en 1991 y en narrativa, publicaría la novela corta Carnadas, Mención de Honor en la Bienal Literaria José Ramón Utrera, editada en 1998. Como no somos críticos sino cronistas históricos, y ya muchos ensayistas, críticos y compiladores se han encargado de esa difícil apreciación durante estos veinte años de creación poética, al felicitar a Jacqueline Goldberg por la importancia de haberse reunido veinte años de su poesía, estimulamos a la Gobernación del Estado Zulia, a través de la Secretaría de Cultura del Estado Zulia, a otorgarle, muy merecidamente, el Premio Regional de Literatura “Jesús Enrique Lossada”, al cual ya sido candidata en varias ocasiones, y se ha desechado su postulación, por considerarla muy joven. Actualmente, entrando a la madurez de edad, que siempre la ha tenido en su obra, es el momento de hacerle ese justiciero reconocimiento, ya que creemos, como cronistas de la zulianidad, que es la mejor poetiza zuliana viviente, para Venezuela y el mundo, después de las muertes de Lidda Franco Farías y de Mercedes Bermúdez de Belloso, además de su inmenso trabajo en otros distintos campos del quehacer humano.

HACIA LOS 90 AÑOS DEL NACIMIENTO DE JUAN JOSÉ ARREOLA: "EL GUARDAGUJAS"

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.
Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:
-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?
-¿Lleva usted poco tiempo en este país?
-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.
-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.
-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.
-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.
-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.
-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.
-Por favor...
-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.
-Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?
-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.
-¿Me llevará ese tren a T.?
-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?
-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?
-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna...
-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted...
-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.
-Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?
-Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.
-¿Cómo es eso?
-En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.
-¡Santo Dios!
-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.
-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!
-Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.
-¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!
-¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.
-¿Y la policía no interviene?
-Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.
-Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias?
-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.
-Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.
-Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: "Hemos llegado a T.". Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.
-¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?
-Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.
-¿Qué está usted diciendo?
En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.
-Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.
-En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.
-¿Y eso qué objeto tiene?
-Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.
-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?
-Yo, señor, sólo soy guardagujas. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: "Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual", dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.
-¿Y los viajeros?
Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?
El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.
-¿Es el tren? -preguntó el forastero.
El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:
-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?
-¡X! -contestó el viajero.
En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.
Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.


FIN


Juan José Arreola (21 de septiembre de 1918- 3 de diciembre de 2001), actor y narrador mexicano nacido en Zapotlán (actual Ciudad Guzmán), en el estado de Jalisco. Autodidacta, aprendió a leer de oídas. En 1936 marchó a la ciudad de México, donde emprendió estudios de arte dramático en el Instituto Nacional de Bellas Artes. Hizo teatro con Rodolfo Usigli, Xavier Villaurrutia y en Francia con Louis Jouvet, Jean-Louis Barrault. Fue miembro del grupo teatral Poesía en Voz Alta; fundó talleres literarios, dirigió importantes publicaciones (Los Presentes, Cuadernos y Libros del Unicornio, la revista Mester y las ediciones del mismo nombre, durante la década de 1960). Entre sus publicaciones se cuentan Gunther Stapenhorst (1946), Varia invención (1949), Cinco cuentos (1951), Confabulario (1952), La hora de todos (teatro, 1954), Bestiario (1958), La feria (1963); Palindroma (1971); La palabra educación (1973), una recopilación de sus intervenciones orales; y Lectura en voz alta (1968). Su prosa es cincelada, breve, humorística, erudita, en la añeja tradición del mester medieval, oficio artesanal: 'Las palabras, —dice Arreola, definiendo el sentido de la oralidad—, bien acomodadas crean nuevas obligaciones y producen una significación mayor que la que tienen aisladamente'.
Recibió el Premio Xavier Villaurrutia en 1963, el Premio Nacional de Lingüística y Literatura en 1976, el Premio Nacional de las Letras en 1979, el Premio Juan Rulfo en 1992 y el Premio Alfonso Reyes en 1997

Poema de Pablo Neruda

Poema de Pablo Neruda
Hacia los 35 años de su muerte el próximo 23 de septiembre