Revista Literaria de la Fundación Andrés Mariño Palacio, que tiene como objetivo la difusión de la literatura regional y universal.

Poesía Femenina

Poesía Femenina
Libreria del Sur. 20/03/2009. 6 PM

lunes, 11 de febrero de 2008

La Cuentística de Andrés Mariño-Palacio

El Limite del Hastío
Andrés Mariño Palacio
Caracas – 1946.


Uno de los cuentistas importantes del siglo XX venezolano fue Andrés Mariño-Palacio, quien dio génesis a personajes siniestros como Abigail Pulgar y Natalia, desde su único libro de cuentos titulado “El Limite del Hastío”, editado en 1946 en la ciudad de Caracas.
Este genio de la narrativa, padre prematuro de dos novelas, situó su producción literaria en la década de los cuarenta del siglo pasado. Nació en Maracaibo el 3 de noviembre de 1927, compartiendo su introspección con las sombras de centenares de libros que poco a poco fueron alimentando su númen. En su adolescencia leía con pasión extraordinaria las letras vivientes de James Joyce, Hermann Hesse, Thomas Mann, Marcel Proust, Jorge Luis Borges, Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud, entre muchos otros, que fueron pilares fundamentales de su cuentística existencialista y psicoanalítica, columnas de ese fenómeno tan puro que llamamos creación. Mariño-Palacio fue un joven con cualidades asombrosas; a sus catorce años se trasladaría junto a su familia a Caracas. Ese mismo grupo familiar vio con alegría como su joven hijo iba acumulando libros a raudales, como las figuras fantásticas de Borges se apoderaban de sus sonrisas, como la trama del Ulises incorporaba en el joven Andrés la propuesta estética de Joyce, una familia feliz, un creador en potencia. Sería la casa número 4 de San Agustín del Norte, entre las esquinas Cristo y Córdoba, la que albergaría los años de creación del precoz Andrés Mariño, allí mismo encallaría su vasta biblioteca y fundaría el grupo “Contrapunto”, del cual sería miembro importante, junto a otras figuras de la literatura venezolana del siglo XX, como Héctor Mújica, Pedro Díaz Seijas y Rafael Pineda.
En 1946 publicó su único libro de cuentos, “El Limite del Hastío”, en el cual plasmó siete historias (Cuatro Rostros en un Espejo, Este Turbio Amor…, El Camarada del Atardecer, El Cine Incendiado, Muerte en el Callejón, Abigail Pulgar y El Botiquín), que contienen una extraña cadencia rítmica que impone en el lector un espíritu de inercia y lo obliga a transformarse interiormente, todo ello, envuelto en una mágica anticadencia eufórica que estremece las barreras del papel y le permite al lector sentir en carne propia la prosa narrativa que conduce el destino incierto de los personajes, que está colmada de cotidianidades íntimas y deseos reprimidos por los abstractos paradigmas sociales.
Personajes como Natalia (del cuento El Camarada del Atardecer) y Raquel (de varios cuentos, entre ellos Abigail Pulgar) son la personificación de la mujer cohibida por su entorno, repleta de deseos que Andrés Mariño-Palacio entiende y defiende, dibujándole alas de libertad o demostrando su opresión en los entornos del día a día.
“Comprende que la bata no la abriga bien. El atardecer es friolento. Busca ropa y comienza a vestirse. Se cubre pudorosamente, como si algunas manos la fueran a tocar. Su boca se contrae en un beso impalpable. Natalia se abruma en la soledad. ¿Cuándo llegarán los de la casa?”. El Camarada del Atardecer.
Historias que parecen paralelas, relatos que colindan sin mezclarse nunca, finales que exigen la participación intrínseca del lector, constantes irónicas y una separación absoluta de cada historia, todo ello crea el misterio alrededor de los siete cuentos que integran la obra. Personajes invadidos de miserias, ésa es la primera constante de su cuentística, el redescubrimiento de lo que somos; para ejemplificar tenemos a seres misérrimos como Claudio (de varios cuentos, como Este turbio amor…) y el mismísimo Abigail (personaje que induce el paralelismo de los cuentos y simboliza el alter ego de la humanidad), además de Natalia y Raquel, y muchos otros personajes principales y secundarios que inundan las páginas de El Limite del Hastío. Ellos son la evidencia de ese gran desenfado con el mundo y la existencia que los hombres mal llamados humanos llevan entre pecho y espalda, en mayor o menor cantidad, de lo que todos tenemos un poco. Claudio, por su parte, representa al individuo que naufraga en el nihilismo o que va sin doctrina de la cama al sofá, confiando en que la pereza es una virtud y no un vicio; pero no puede descansar a gusto, el simple recuerdo de la mascota consentida de su amante, el gato, lo hace rabiar; le perturba la semejanza entre el hipócrita Abigail y el asqueroso gato, pero ama tanto a su mujer, que ni Abigail, ni el gato, podrán causar su desengaño.
“Tirándose hacia atrás, y haciendo que la silla gimiera con un chirrido melancólico, logró Claudio colocarse en posición cómoda. Era un hombre que siempre buscaba la comodidad. Por eso se había topado con una amante muy hermosa y había desechado a su novia, a quien prometiera matrimonio. Todo por la comodidad”. Este Turbio Amor.
En cambio Abigail, detesta a los seres humanos desde su infancia, se esconde de sus miserias, las reprime en la soledad que inspira el fuerte beso en la mejilla de Raquel o en la habitación que le alquila a la pobre señora Matilde. Abigail es el personaje paralelo, el comparte su personalidad contradictoria, enfermiza, saturada de desprecio hacia los seres superiores, inferiores o iguales a él, sin medir clases ni estatus, él simplemente odia a todos por no comprender su afilada máscara y sus largos huesos.
“Un hombre seco, delgado y alto había sido siempre Abigail Pulgar. Sus piernas, de un tamaño extraordinario, llamaban singularmente la atención de todos sus amigos y conocidos. Cuando estuvo en la escuela primaria, sobre su cabeza de pocos cabellos cayeron los más exquisitos sobrenombres de sus condiscípulos.
Una mirada corva y angustiada tenia Abigail Pulgar para todos aquellos que le aguijoneaban el alma con sus perversidades” Abigail Pulgar.
Abunda la contradicción existencialista en las descripciones de Abigail (el supuesto ser o no ser); él es en realidad un monstruo, en todos los cuentos, Abigail siempre es el desmesurado individuo al que una cobija no le alcanza para abrigar sus pies, siempre es ése que ingiere ostras y gelatina con satisfacción sádica, es un gran miserable, que se metamorfosea hasta convertirse en el hombre sin talento que por accidente dibujó unos senos espectaculares, y luego ve con asco su entorno etílico en el bar que su ego no le permite abandonar, y así mismo se convierte en el amigo satírico de Claudio y en el gato que seduce a la amante de Claudio, hasta hacerlo enloquecer de celos. También representa al vecino, al adolescente y al hombre perdido en las brumas del océano que se acumulan en la conciencia de Natalia produciéndole un desgarramiento orgásmico en la soledad de su casa.
“Una sonrisa le viene a los labios. Ha pensado en el nené de la señora Matilde. En esa misma hora dormirá, dormirá como un ángel. Y sus labios rojos estarán como una flor de amor, expulsando hacia fuera el aire de los pulmones, recibiendo un beso invisible de la noche. Y sus orejitas rosadas de lóbulos mínimos y suaves parecían pétalos de alguna flor exótica… ¡Oh, cómo haría para besar esos lóbulos! Calmaría su sed por horas, por días, por años! ¡Qué placer para sus labios, y diría luego, como cuando terminó de comerse las otras: ¡delicioso!, ¡delicioso!, ¡delicioso!”. Abigail Pulgar
Son los pensamientos del monstruoso Abigail los responsables del incendio del cine (del cuento El Cine Incendiado), es el personaje principal de la cinematografía del desenfado. Esta heterogeneidad, esa comunicación entre cada historia, ese recurso de metamorfosis abigaílica, producen un clima narrativo de suspenso y el reencuentro con nuestros propios pecados.
Andrés Mariño-Palacio rebasa los linderos de la supuesta ética, de la moral o el pudor, a través de una tonalidad narrativa altamente poética, sutil y elevada; transportando al lector al primer plano de la narración y haciéndolo participar directamente en la construcción de la obra. Cada lector puede tener su concepción diferente al final de cada cuento, su trama puede tener o no originalidad, puede parecerle intensa, pausada o acalorada, puede llegar a convertirse en una obra sudorosa y comprometedora, porque ya el lector de por sí es un juez de la obra apenas lee las primeras diez líneas; todo ello depende en muchos casos de las coincidencias que tenga el “lector protagonista” con cada uno de los personajes y lo aclimatado que se encuentre al ambiente que presenta la narración.
Mariño-Palacio, en su genialidad, (me atrevo a decir) se compara o supera (en menor proporción por el escaso tiempo de creación que tuvo) a Fedor Dostoiewski, con su Crimen y Castigo, quien a través de la misérrima figura de Raskolnikof nos demuestra que todos somos capaces de cometer asesinato, de ese mismo modo, nuestro ilustre cuentista, de una forma magistralmente poética y concisa, nos demuestra que todos hemos sido o somos un Abigail Pulgar, en ese preciso momento que queremos morder algo suave porque el instinto nos lo exige, o en aquella situación en la que nos sentimos incomprendidos por nuestro entorno.
La realidad es que Andrés Mariño-Palacio concibió su creación literaria durante cuatro años, una muy corta bibliografía, representada por su único libro de cuentos, que hoy estudiamos, y dos novelas de calidad incomparable (Los alegres desahuciados y Batalla hacia la Aurora). Desde los 17 a los 21 años se convirtió en una verdadera figura de la literatura venezolana, grandes personalidades se interesaron en conocer al prodigio zuliano que prometía revolver las bases de la literatura en Venezuela. Fue columnista y crítico literario del Diario La Esfera, El Nacional, El Universal, también de la Revista Nacional de Cultura, y por supuesto, en la revista Contrapunto, de la cual fue director y donde publicó varios ensayos. (De esta revista se emitieron cuatro números bajo su dirección, en 1948). Por último, a sus 21 años, el infortunio se encargó de cobrarle tanto talento, y en los últimos días del año 1948, quizás por el derrocamiento de Rómulo Gallegos (gobernante al que apoyaba y admiraba), la mano pesada de la oscuridad se posó sobre su mente. Su inteligencia le jugó una broma durante 17 años, hasta que el día 30 de octubre de 1966 falleció en los brazos de la locura, a causa de un infarto, con tan sólo 38 años de edad.
En esos 17 años de desquicio, no pudo jamás volver a tomar la pluma para crear un personaje; no nacieron más Abigailes, quedaron huérfanos sus hijos de juventud, a la merced del olvido que los ha castigado con la indiferencia de zulianos y venezolanos; pero hay algo que está siempre presente en la mente de aquellos que aún lo visitamos en el rincón de oro de la biblioteca: Ni el infarto que cerró sus ojos para siempre, ni la locura que invadió su mente por 17 años, ni sus enemigos, ¡Nadie!, ni siquiera el tiempo podrá borrar el estigma perpetuo de juventud y vanguardia que Andrés Mariño-Palacio y su obra atemporal han enmarcado como la propuesta estética narrativa zuliana de mayor importancia nacional en el siglo XX.

Luis Perozo Cervantes

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Hacia los 35 años de su muerte el próximo 23 de septiembre